Alguna vez me pidieron que cuente qué son los cinco sentidos para mí. Intentaré describirlos y contar mis experiencias en cuanto a ellos.
Ellos son el tacto, el olfato, el gusto, la vista y el oído. Cada uno de ellos ha dejado rastros indelebles, que hacen los recuerdos más amables que otros.
El tacto me ha traído a la memoria por ejemplo, la textura muy suave del vestido de terciopelo verde de mamá Chola cuando tomamos la comunión mi hermano y yo.
O la aspereza del pelo de los caballos que adoraba alimentar de chico, las crines tusadas y el sudor después de andar un rato.
También me quedó la suavidad, al pisarlas con los pies desnudos, de los pétalos de las rosas enredaderas de la casa de la abu Maruja, cuando se desarmaban y cubrían el patio de baldosas avainilladas.
El tacto me engañaba cuando acariciaba las calas y dentro estaban las benditas abejas que me picaban suicidándose sin saberlo, sin constancia cabal de ello.
Este sentido me replica esa sensación de la arena húmeda y crujiente de la playa de Mardel, cuando íbamos con la familia. Todos en el Jeep de papá.
También la tersura de los plumones de los gorriones que recogíamos en Punta Chica, en esos viajes del Jeep. Gorriones que se caían de los nidos inalcanzables para nosotros y yo los paseaba después en el manubrio de la bicicleta por Moreno.
Me ha quedado la hermosa impresión de las figuras del gobelino de los sillones de tía Pocha de Carapachay, cuando sacaba las fundas protectoras amarillas de algodón.
Como también el contacto de la alfombra de la casa de Alcorta 11, cuando me sentaba a escuchar la colección de vinilo de música Clásica o Jazz Ligero, tomando whisky con mi viejo.
La frialdad del metal de las armas que empuñé, sean de fuego o punzantes. Las adoradas herramientas que me encanta tomar y utilizar para arreglar. Tanto el filo de los cuchillos y hachas, como el de los formones y gubias.
O el metal de los motores de los autos o motos
que conduje. Acariciándolos para arreglarlos o someterlos a presión para
solucionar alguna panne.
La piel pecosa de la espalda robusta de papá Rubén.
La fría humedad del pasto que pisaba cuando íbamos a Punta Lara con mi familia.
La masa, la ansiada masa de pan que amasé durante varios años para empezar la jornada de laburo, tenía que tener una determinada humedad y suavidad. Debía ser exacta.
Más acá en el tiempo, las puntas cronadas de las piñas de los árboles que abundan por estos lares y pinchan mis manos. O las ásperas hojas del pañil, las coriáceas del radal.
La tersura de la piel de mis hijitos bebés y las ásperas barbas de ellos mismos crecidos, o la suavidad del rostro de Agustina, mi nena, cuando está tranquila. Cuando los abrazo.
Este sentido me ha enseñado cosas valiosísimas en el amor. Como cuando mi amada está tensa por distintos motivos; o cuando duerme y tiene pesadillas, percibo su inquietud y con mi mano intento tranquilizarla. Hay distintas corrientes eléctricas que me sugieren cuando detenerme o cuando avanzar en las caricias. Sus manitas tienen una piel tan suave que desmiente cuan sabia que es en trabajos duros, escritura o pintura.
Cuando curo una herida, primero palpo viendo cuánto de grave es y si puedo ayudar a cerrarla.
El tacto es importante para atrapar esas vibraciones que están en el aire y no puedo describir.
Esa movilidad de partículas que despierta en mí, alertas de venturas y desventuras.
Porque ese sentido no tiene tanto reconocimiento como otros.Se podría decir, es un sentido devaluado?
Porque cuando nieva o el viento me azota el rostro, es el tacto el que interviene.
Perdóname mano, perdónenme dedos, boca, frente, cada vez que me besó mamá u otra persona querida. Ya que sólo pensaba en el tacto, tanto mano y es con toda la piel mi sensación.
Devaluado o no, es un sentido que aprecio. Por eso siento, si no es con las manos, que sea con el corazón.