miércoles, 29 de agosto de 2012

Mi amor late


La miro venir a mí y me enamoro otra vez como si fuera la primera vez que la vi a los diecisiete. Menuda y no frágil. Decidida y airosa. Con un movimiento de cadera que, cuando era adolescente me volvía loco y ahora me hace reflexionar sobre nuestro pasado y nuestro futuro. Tenía catorce y me asombró por su inteligencia y vivacidad.
La veo cuando aspira el perfume de su flor preferida, entrecerrados sus hermosos y maduros ojos pardos. Sus cejas arqueadas orlándolos y asombrándose de encontrar un aroma distinto de los manjares que elabora al mediodía de laburo.
Cuando cae el pelo sobre su rostro, como si yo mismo la acariciara, me enamoro otra vez.
O si posa su mano experimentada de madre, en mi mejilla atormentada de circunstancias, con un dejo de consuelo y compromiso.
O si me abraza, cobijándome como una amiga, en un trance jodido.
Y si me desgarra hablándome de un despropósito que cometí.
Es como si la viera por vez primera.
Me encuentro extrañándola.
El aire que compartimos.
El ansia que no decimos.
El encuentro decidido.
La veo cuando se aleja y ya la extraño, aunque sea un momento.
Y que no se dé vuelta y sus hombros se inclinen…
Mi corazón late y lo siento.
Ella me abduce y me somete con sus razones ante mis sinrazones.
Cuando se duerme en los viajes, suelo observarla y veo el paso del tiempo y quiero que se despierte y me siga mirando. Como cuando teníamos alas y creíamos que el mundo era para nosotros.
Que me siga mirando.
Toda la vida

jueves, 9 de agosto de 2012

La Trochita


Hoy vi la foto de mi familia en la estación del trencito de Esquel. Todo un viaje inolvidable. Fue una epopeya para nosotros. Y especialmente para mí.
Todo comenzó con la compra de un R9 de ¡dos años de antigüedad!, después de tener autos viejos varios. Mangueé un tráiler muy entero del muy querido vecino Don Remo. Lo mejoré y en unos quince días partimos en un torbellino de ansiedades; estrenábamos auto, viaje largo y quimeras varias. Aunque algo de camping a cuesta teníamos (de San Luis hablaré en otra ocasión), esto era diferente. Y ahí salimos.
Nuestra meta era Villa Traful, un paraíso muy comentado por el médico que trajo a nuestros cuatro hijos al mundo. Lo hicimos en dos tramos. A medida que avanzábamos por la R5, empecé a experimentar síntomas de gripe? Paramos a comer en Santa Rosa y no pude comer. Yo tenía 39 grados y ganas de vomitar. Pero así y todo seguimos. Para mí era todo un desafío arrastrar un tráiler. El 9, un fenómeno. Tomo por la R35 y sigo por la R154 para llegar a Río Colorado. Era un desastre el camino, con un viento feroz del oeste que me paraba el auto y me hacía oscilar el tráiler. Mientras tanto escuchábamos a Brian Adams, León Gieco, la Negra Sosa y Charlie García. Aire acondicionado cuando me lo permitía el tráfico, porque me sacaba potencia. Llegamos a Rio Colorado y paramos en el Hotel Ancona que me había recomendado mi amigo Alfredo. A esa altura seguía con mucha fiebre y paramos hasta el otro día. Arrancamos temprano y tomamos la R22, la ruta del valle. Una sorpresa festejada fue el hallazgo en la ruta de una bandera argentina tirada, que pasó a formar parte de nuestro equipaje. Muy bueno el trayecto, y maravilloso cuando pasamos la meseta y empezamos a bajar en Neuquén por la R237 bordeando el rio Limay. Espectacular! Y llegamos a Confluencia donde nos desviamos a Traful. ¡Mis primeros 30 km de ripio y con tráiler! Al llegar al camping sufrí un acceso de temblores que pasó al acostarme en el tráiler que habían armado mis nenes. Fue todo atribuido al stress del viaje. Vulgo cagaso.
Realmente un paraíso. Estuvimos dos hermosos días, disfrutamos como locos el hábitat. Para todos, era maravilloso. Dejamos el tráiler y con el 9 hicimos el camino de los 7 lagos entre los bosques, hasta La Angostura y la vuelta al camping.  Amé más a ese auto, si se puede amar a un auto.
 Nacho no dejaba de pedir de ir a pescar trucha. Uno de los días, a la tarde, en la orilla del lago Traful intentamos pescar con señuelos y nada de pesca. El Negro estaba de un humor que se lo llevaba el diablo, y lo tomamos entre todos y lo revolcamos en el pedregullo de la orilla hasta que se le pasó. Empecé un fueguito en el hueco de una piedra grande, y como fue siempre mi costumbre, lo mantuve largo rato hasta que se me ocurrió ir a buscar un lomo entero e hicimos unos hermosos sanguchitos al caer la tarde templada. Si la felicidad existiera, sería una muestra cabal.
Cuando Mirtita llama a mi prima Estela en Lago Puelo, ésta le sugiere que se ofendería que estando apenas a unos 250 km no fuéramos a visitarlos. Levantamos campamento y  allí fuimos. Salimos a Confluencia y doblamos con dirección a Bariloche. No dejábamos de maravillarnos. En esa época hubo incendios muy fieros y había helicópteros tirando agua, por Villa Rumipal, antes de entrar a San Carlos de Bariloche.
 Entrar a Bariloche, dónde me saludaban con mucha cortesía la gente de Gendarmería, con venia y todo, fue muy festejado por todos. Encontramos la salida por la R258 hacia El Bolsón y Puelo.
Todo el camino bordeando esos lagos hermosísimos, estuvimos escuchando la música que nos acompañará toda la vida.
Al llegar a Puelo, nos recibieron los primos y fuimos a parar a un camping de un amigo de Gustavo. Un lugar precioso. Lo que me llamaba la atención de esos lugares era TODO.
Amo el olor de los árboles, el sonido de las bandurrias, el color de las flores, la levedad de perfumes de las mosquetas, la aridez del ripio, el turquesa del lago, amo el aire que se respira.
Cuando me escribía con mi prima, me imaginaba como sería el lugar. Pero la realidad superó mi imaginación.
En voz mapuche, Puelo significa situado al este. Es el final de la ruta. Termina en el lago. Un lago chiquito, profundo, frío, encajonado entre montañas silenciosas que custodian al viento que trae la humedad del Pacífico. Tiene bosques, es la Selva Valdiviana, con ejemplares gigantescos de ñires, o coihues bordeando pampitas donde se pueden comer cerezas o manzanitas preciosas.
Es mi lugar.
De allí fuimos a Esquel, dónde hicimos ese viaje en el trencito de trocha angosta. Parecía de juguete, como el del Zoológico de La Plata. Unos vagones preciosos, cuidados y con un olor a leña quemada, ya que cada uno portaba una salamandra con leños encendidos, que daban calor a los ocasionales viajeros. Volvimos a Puelo pero bordeando el camino de los lagos del Parque Nacional Los Alerces. La belleza de la vista no te daba respiro.
Definitivamente fue espectacular. Y volvimos en otras ocasiones.

jueves, 2 de agosto de 2012

Corvalan y Alcorta

Mirando la foto de cuando era chico en la casa de mis viejos. Es en la esquina de la casa, frente al terraplén de las vias del tren. Estamos con mis primos, que vivían a la mitad de la cuadra. Estamos cada uno montado en un vehículo a pedal. Eramos jinetes en dos o tres ruedas. Y yo estoy en un caballito que tiraba de un sulky y era a pedal. Glorioso, formidable. A veces salíamos con ellos a dar vueltas por el barrio. Llegábamos hasta el Riglos, dónde había unos promontorios que me semejaban montañas. Por esas mismas calles donde andábamos en bici, se juntaban los lecheros con carros que traían los tachos de metal que contenían  leche directo de los tambos de la zona. Era fantástico cuando se escapaban los caballos que tiraban de los carros con los carros a la rastra sacudiendo y revoleando los tarros vacíos o no. Eran unos hermosos pingos, que lucían enjaezados y cuidados. A mi viejo le encantaban los caballos y te contagiaba el entusiasmo. Siempre montaba sin estribos. Cada vez que salíamos, de vacaciones o finde, buscaba dónde alquilaban caballos y a montar. Siempre contaba sobre su infancia en Mataderos (inefable Mataderos), dónde su papá trabajaba vendiendo publicidad para una revista de los ganaderos. A mi abuelo solían prestarle caballos muy briosos, como todos los pingos que se usan para trabajar en los corrales arreando el ganado vacuno. Para mí viejo era un placer andar a caballo. Y para mí era un placer verlo a él.