La
miro venir a mí y me enamoro otra vez como si fuera la primera vez que la vi a
los diecisiete. Menuda y no frágil. Decidida y airosa. Con un movimiento de cadera
que, cuando era adolescente me volvía loco y ahora me hace reflexionar sobre
nuestro pasado y nuestro futuro. Tenía catorce y me asombró por su inteligencia
y vivacidad.
La
veo cuando aspira el perfume de su flor preferida, entrecerrados sus hermosos y
maduros ojos pardos. Sus cejas arqueadas orlándolos y asombrándose de encontrar
un aroma distinto de los manjares que elabora al mediodía de laburo.
Cuando
cae el pelo sobre su rostro, como si yo mismo la acariciara, me enamoro otra
vez.
O
si posa su mano experimentada de madre, en mi mejilla atormentada de
circunstancias, con un dejo de consuelo y compromiso.
O
si me abraza, cobijándome como una amiga, en un trance jodido.
Y
si me desgarra hablándome de un despropósito que cometí.
Es
como si la viera por vez primera.
Me
encuentro extrañándola.
El
aire que compartimos.
El
ansia que no decimos.
El
encuentro decidido.
La
veo cuando se aleja y ya la extraño, aunque sea un momento.
Y
que no se dé vuelta y sus hombros se inclinen…
Mi
corazón late y lo siento.
Ella
me abduce y me somete con sus razones ante mis sinrazones.
Cuando
se duerme en los viajes, suelo observarla y veo el paso del tiempo y quiero que
se despierte y me siga mirando. Como cuando teníamos alas y creíamos que el
mundo era para nosotros.
Que
me siga mirando.
Toda
la vida
Aunque mis párpados pesen,
ResponderEliminarO mis ojos se bañen en lágrimas,
Aun si el sol me encandila y me cueste encontrarte,
Si el cielo está gris y la noche es muy oscura.
Aunque los sueños se acaben
Y ya no tenga alas.
Te seguiré buscando, esperando ,
Te seguiré soñando, te seguiré mirando,
Desde el alma y en mi corazón nuestro amor continuará uniéndonos
Y solo por eso el mundo seguirá siendo nuestro…