jueves, 2 de agosto de 2012

Corvalan y Alcorta

Mirando la foto de cuando era chico en la casa de mis viejos. Es en la esquina de la casa, frente al terraplén de las vias del tren. Estamos con mis primos, que vivían a la mitad de la cuadra. Estamos cada uno montado en un vehículo a pedal. Eramos jinetes en dos o tres ruedas. Y yo estoy en un caballito que tiraba de un sulky y era a pedal. Glorioso, formidable. A veces salíamos con ellos a dar vueltas por el barrio. Llegábamos hasta el Riglos, dónde había unos promontorios que me semejaban montañas. Por esas mismas calles donde andábamos en bici, se juntaban los lecheros con carros que traían los tachos de metal que contenían  leche directo de los tambos de la zona. Era fantástico cuando se escapaban los caballos que tiraban de los carros con los carros a la rastra sacudiendo y revoleando los tarros vacíos o no. Eran unos hermosos pingos, que lucían enjaezados y cuidados. A mi viejo le encantaban los caballos y te contagiaba el entusiasmo. Siempre montaba sin estribos. Cada vez que salíamos, de vacaciones o finde, buscaba dónde alquilaban caballos y a montar. Siempre contaba sobre su infancia en Mataderos (inefable Mataderos), dónde su papá trabajaba vendiendo publicidad para una revista de los ganaderos. A mi abuelo solían prestarle caballos muy briosos, como todos los pingos que se usan para trabajar en los corrales arreando el ganado vacuno. Para mí viejo era un placer andar a caballo. Y para mí era un placer verlo a él.

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