lunes, 29 de abril de 2024

Como vi la luz

 -Marta, por qué no hacés unos fideos? hoy es domingo- pidió el Turco Agustín Elías, compadre de Rubén, mi viejo.
-Te parece Tate? Cuántos somos?
-Y…Chola, Rubén, Pepe, Alberto, vos y yo. Seis.
-Bueno, dale. Ya me pongo.
Tate confiado en su mujer, Marta, dejó en sus manos la cocina, mientras tanto preparaba la picada previa al almuerzo.
Después vendría el partido de truco, infaltable rito de mi viejo y sus amigos.
Chola, embarazada de mí, venía de tener algunas hemorragias y dolores, por ello ocupaba la cama matrimonial de los anfitriones, los Elías. Ellos tenían su casa en Mataderos, Capital Federal, muy cerca de Ramos Mejía donde estaba la clínica Visón, elegida para el parto.
Hasta las novedades del parto, los amigos/hermanos, se concentraron en el partido de naipes, después del almuerzo en la mesa del comedor.
Ese día domingo de marzo, se presentaba lluvioso, ideal para despuntar el vicio.
Mientras ellos jugaban al truco, Marta repartió aromático y espeso café a la turca, acompañado por vasitos de anís estrellado. La tradición medioriental se imponía en esa casa.
Enfrascados en el juego no escuchaban los gemidos de Chola, hasta que los gemidos pasaron a los ayes de dolor.
-Tate, aflojen por favor, ya viene!-apuraba Martita.
-Ya va mujer!, estamos terminando el bueno-contestó Agustín.
-Rubén, vas a terminar de jugar?-gritó mi vieja- No doy más!
Ruben asintió algo asustado por el tono y  así fue que levantaron las cartas para preparar la ambulancia.
El vehículo asistencial era un camioncito Ford T del año ´29 con la caja playa, que utilizaba Tate para repartir las bolsas de trigo burgol en la comunidad musulmana de Mataderos.
Y allí fueron: el Turco Tate manejando, Chola en el medio sosteniendo su panzota (dónde me sacudía), y el Colorado Rubén en la ventanilla. Alberto y Pepe, acomodados en sendos cajoncitos de sifones de soda.
El viaje de ese vehículo sobre los adoquines, fue odiséico para la parturienta. El camioncito traqueteaba como un carro verdulero con caballos.
Entre los ayes y los gritos de la pobre mujer, llegó el variopinto grupo a la clínica, bajando a Chola donde la internaron rápido. 
Justo a las 16 dicen que nací. Feo, largo y con la cabeza alargada. Una preciosura.
Heme así, que vi la luz.

El auto de la familia

 



Después que cayó el General en setiembre del ´55, me fui de la compañía de seguros. Ya había nacido Daniel y venía Néstor. Entré al laboratorio Riedel y Levalle, como visitador médico. A los cinco años, un amigo, el Comodoro Pacio (renegado de la Fuerza Aérea) me presenta en Schering AG Berlín, laboratorio alemán. Empecé en el año ’60 como visitador y vendedor. Los gringos estaban imponiendo los corticoides. Pero la mina de oro eran los anticonceptivos. Éxito mundial por esos años. Llegué a ganar más que los gerentes, con las comisiones.

Para lograr masificar el producto me dieron un auto, bah! Un Jeep. 0 km, con todos los gastos pagos.

Tenía que cubrir una zona enorme del conurbano.

Para nosotros, fue una revelación, un portento. Imagínense, no había mucha gente que tuviera un auto. Los chicos: Daniel, Néstor y la recién nacida Marisita iban atrás en un asiento pequeño. Chola, mi mujer iba de copiloto-cebadora de mates, además de café con leche en polvo para los pequeños.

Todo sin parar. Así conocimos Córdoba (no me olvido del ruido del caño de escape roto en los cañadones de Calamuchita). Fuimos a Magdalena, donde asistimos al espectáculo de un hotel derruido por los cangrejales. En ese hotel había tocado mi suegro con la orquesta. Parecía mentira.

Llevamos algunos de esos bichos a Moreno, donde vivíamos, pero cuando llegamos nos tocó una de esas inundaciones y los perdimos. Nuestra casa estaba a cien metros de la antigua ruta 7, sobre tierra, y cuando llovía mucho era muy fácil entrar con el Jeep. Después lo lavaba y dejaba impecable.

A Mar del Plata llevamos con nosotros a la querida Maruja, mi suegra, como cuidadora de los chicos. Un fenómeno esa mujer, hasta al cine los llevó! Así podíamos ir al casino con Cholita. Esa vez fuimos a Sierra de los Padres, donde monté a caballo y lo llevé a Daniel para que viera el espectáculo de las Sierras. Nos encontramos con una familia amiga, los Ravenna. Cómo los iba a dejar allá arriba! Así que volvimos al centro ¡trece personas en ese vehículo!

En el ´63 me lo cambiaron por un fitito, no era lo mismo. No podríamos haber ido al casamiento de mi hermana Adelma en Liniers, todo inundado.

Fue tan emblemáticamente importante ese automóvil, que mis cuatro hijos y tres de mis nietos tuvieron sendos Jeeps. Con los que viajaron más lejos aún.

Esa es la muy sentida y sintética visión del auto de la familia.