martes, 16 de octubre de 2012

Aquella música en Paso del Rey



Escuchando una muy especial música para mi hermano y para mí, se me ocurrió escribir.
Puse en la pc al grupo The Temptation para escuchar simplemente y eso, sólo eso me removió capas de tiempo dormidas. Lo llamé a mi hermano y le hice escuchar, automáticamente dijo “los temas de la heladería”. Y era así.
Él y yo tuvimos una heladería en 1974. Ubicaos en el año ¡1974!
Nos prestaron un local en Paso del Rey, y con Néstor decidimos poner una heladería. Después de trabajar hasta altas horas de la madrugada, decorándola con salpicrete blanco en las paredes y el cielo raso negro mate, con un cristal (de la antigua vidriera) con las figuras de Don Quijote y su fiel escudero, pintados por el loco Andrés, se inauguró.
No era una heladería común. Primero su nombre, Barataria, la ínsula que gobernó Don Sancho Panza, fiel escudero de Don Quijote. Por eso el nombre. Un hecho casi quijotesco. Teníamos 17 y 18 años. Por esa época mi hermanito tuvo un altercado con nuestros viejos y se fue de casa por un mes. Y por solidaridad me fui con él. Dormíamos en una habitación de la casona vieja. Lógicamente nos duró un mes el encontronazo.
Trabajábamos bastante bien durante el día pero lo mejor era a la noche, cuando los fines de semana salían los amigos (que conquistábamos con los helados y copas heladas), de los boliches bailables que había en Paso del Rey en esa época. Poníamos esta música, en un modesto y cumplidor Winco que conectábamos a un parlante y se organizaban improvisadas veladas danzantes con música soul, funk y hablábamos, hablábamos hasta que se hacía de día. Nos manejábamos con la Siambreta del viejo que era como nuestra. Fue una época de oro. De cafés y Don Pedros inocentes.
Toda una franja de vivencias irrepetibles, que nos dejó una gran experiencia, tanto en lo económico como en lo afectivo.
Para mí, tanto escuchar un tema como ver una foto viejos, es un disparador muy útil. Útil ?
Necesario. Para poder transcurrir.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Cerro de Oro



En el quillango de vida que me tocó tejer, busco un hilito para poder seguir contando. Mis gurisitos me inspiran mucho. Buscando en las fotos encontré sin saberlo, las que quería encontrar.
Nuestro hermoso y agitado viaje a:Cerro de Oro. Se preguntarán dónde es.
Después del primer viaje al sur con el R9, se nos ocurrió volver a un lugar que nos gustó cuando fuimos con los gurises chicos en bondi. Esta vez llevamos el R9 y el tráiler sin la estructura con nuestras carpas. El viaje fue hermoso, tranqui, por la ruta 7 a la 51 y de ahí, la RN 8 hasta Rio IV, pasamos por las Achiras y en cuanto pasamos la frontera de Córdoba a San Luis doblamos a la derecha, subiendo por la hermosa ruta prov. 1, bordeando el cordón de los Comechingones por la vertiente oeste. En ese entonces era ripio más o menos bueno. Nuestra idea era acampar en Carpintería. Un lugar donde se reparaban las carretas que subían de Córdoba a las minas de Potosí. Pero primero hay que pasar por La Puntilla, Va. Del Carmen, Va. Larca, Papagayos, Carpintería, Cerro de Oro y Merlo.
Llegamos a Carpintería y lo único que había para acampar era el Municipal. Duramos una noche, ya que había un contingente de boy scouts con todas las pilas en los chicos y en las radios a todo volumen con cumbia incluida. A la mañana siguiente levantamos el campamento y partimos hacia Merlo. Ni bien salimos a una calle buscando la RP 1, encontramos frente al 9, un tronco cruzado de lado a lado. Cuando nos acercamos con el auto, el tronco salió disparado; era un enorme lagarto overo. Nunca habíamos visto uno tan grande. Camino a Merlo, a unos 3 km antes de la Avda. del Sol, vimos un lugar a la vera de la ruta que nos gustó en cuanto lo vimos. Por supuesto que nos quedamos acampando y lo usamos de posta para salir a otros lugares. Eran unas 4 has. bien cuidadas y la parcela que nos tocó estaba al lado de una pequeñita acequia, como un hilito de agua cristalina. Acampabas debajo de espinillos y con asadores cerquita. Una pileta muy linda y muy buenos servicios, los dueños geniales. En síntesis, un pequeño paraíso.
Tuvimos unos días geniales y otros que no tanto. En enero en San Luis, llueve bastante pero como esa vez…! El día que fuimos a Merlo a comprar. Lo hacíamos con los tickets canasta que me daban en el laburo. Ese día estaba muy nublado e igual salimos. Cuando terminamos de comprar, subimos al auto y se larga a llover tanto que bajaba el agua por la Avda. del Sol como un rio. La decisión de irnos rápido surgió cuando vimos pasar un auto que lo llevaba el agua en torrente.
Cuando llegamos al camping, teníamos asegurado el comedor de mis viejos, que habíamos llevado, sujeto con sogas por los Gil, esos dueños excepcionales. Muchas carpas habían volado, otras aplastadas por la lluvia. Un tormentón. El viento que bajaba de los cerros a la noche aplastaba las carpas casi hasta tocarnos. Fue emocionante y lo único que interrumpió algo nuestra idea de disfrute. Teníamos un casal de lechucitas de las vizcacheras que nos visitaban de noche. Palomas monteras grandes como gallinas que nos despertaban a la mañana y a Santi lo asustaron la primera vez. Contamos cinco variedades de pájaro carpintero. Y hasta un gueko, visitaba nuestra parcela. A la noche cocinábamos a la luz de la luna. Y de día a pasear por algún lugar que no estuviera inundado. Los chicos conocieron el Salto del Tabaquillo (que conocimos con Nachito de un año y meses, Mirtita embarazada de Santi (anduvo a caballo y en sulky!!!), el Algarrobo Abuelo, Piedras Blancas. Y conocimos un azud, donde Nachito probó pescar perkas. Una delicia de lugar. En el valle, los ríos rebosaban de agua y no se podía visitar mucho. Pero San Luis tiene lugares que los pobladores ariscos y reacios, quizás celosos no publicitan ni dan a conocer, mas uno tiene que atreverse a buscar. Nos volvimos con ganas de seguir buscando, con ese afán de encontrar ese lugar que nos cobije y nos complete. Como la pampita que encontramos pasando el rio Virorco cuando fuimos con Nestor y Marisa.
A lo mejor coincide con el estado que tenga uno mismo. Esa ansiedad por encontrar un espacio que nos venga a buscar con la dulzura de los aromas y las piedras que ruedan con nuestro paso.
O la corriente de agua que nos haga deslizar por una roca comida por la misma corriente.
Y el silencio? Que nos acompaña cuando interrumpimos ese hálito de tiempo. Nos vemos.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Mi amor late


La miro venir a mí y me enamoro otra vez como si fuera la primera vez que la vi a los diecisiete. Menuda y no frágil. Decidida y airosa. Con un movimiento de cadera que, cuando era adolescente me volvía loco y ahora me hace reflexionar sobre nuestro pasado y nuestro futuro. Tenía catorce y me asombró por su inteligencia y vivacidad.
La veo cuando aspira el perfume de su flor preferida, entrecerrados sus hermosos y maduros ojos pardos. Sus cejas arqueadas orlándolos y asombrándose de encontrar un aroma distinto de los manjares que elabora al mediodía de laburo.
Cuando cae el pelo sobre su rostro, como si yo mismo la acariciara, me enamoro otra vez.
O si posa su mano experimentada de madre, en mi mejilla atormentada de circunstancias, con un dejo de consuelo y compromiso.
O si me abraza, cobijándome como una amiga, en un trance jodido.
Y si me desgarra hablándome de un despropósito que cometí.
Es como si la viera por vez primera.
Me encuentro extrañándola.
El aire que compartimos.
El ansia que no decimos.
El encuentro decidido.
La veo cuando se aleja y ya la extraño, aunque sea un momento.
Y que no se dé vuelta y sus hombros se inclinen…
Mi corazón late y lo siento.
Ella me abduce y me somete con sus razones ante mis sinrazones.
Cuando se duerme en los viajes, suelo observarla y veo el paso del tiempo y quiero que se despierte y me siga mirando. Como cuando teníamos alas y creíamos que el mundo era para nosotros.
Que me siga mirando.
Toda la vida

jueves, 9 de agosto de 2012

La Trochita


Hoy vi la foto de mi familia en la estación del trencito de Esquel. Todo un viaje inolvidable. Fue una epopeya para nosotros. Y especialmente para mí.
Todo comenzó con la compra de un R9 de ¡dos años de antigüedad!, después de tener autos viejos varios. Mangueé un tráiler muy entero del muy querido vecino Don Remo. Lo mejoré y en unos quince días partimos en un torbellino de ansiedades; estrenábamos auto, viaje largo y quimeras varias. Aunque algo de camping a cuesta teníamos (de San Luis hablaré en otra ocasión), esto era diferente. Y ahí salimos.
Nuestra meta era Villa Traful, un paraíso muy comentado por el médico que trajo a nuestros cuatro hijos al mundo. Lo hicimos en dos tramos. A medida que avanzábamos por la R5, empecé a experimentar síntomas de gripe? Paramos a comer en Santa Rosa y no pude comer. Yo tenía 39 grados y ganas de vomitar. Pero así y todo seguimos. Para mí era todo un desafío arrastrar un tráiler. El 9, un fenómeno. Tomo por la R35 y sigo por la R154 para llegar a Río Colorado. Era un desastre el camino, con un viento feroz del oeste que me paraba el auto y me hacía oscilar el tráiler. Mientras tanto escuchábamos a Brian Adams, León Gieco, la Negra Sosa y Charlie García. Aire acondicionado cuando me lo permitía el tráfico, porque me sacaba potencia. Llegamos a Rio Colorado y paramos en el Hotel Ancona que me había recomendado mi amigo Alfredo. A esa altura seguía con mucha fiebre y paramos hasta el otro día. Arrancamos temprano y tomamos la R22, la ruta del valle. Una sorpresa festejada fue el hallazgo en la ruta de una bandera argentina tirada, que pasó a formar parte de nuestro equipaje. Muy bueno el trayecto, y maravilloso cuando pasamos la meseta y empezamos a bajar en Neuquén por la R237 bordeando el rio Limay. Espectacular! Y llegamos a Confluencia donde nos desviamos a Traful. ¡Mis primeros 30 km de ripio y con tráiler! Al llegar al camping sufrí un acceso de temblores que pasó al acostarme en el tráiler que habían armado mis nenes. Fue todo atribuido al stress del viaje. Vulgo cagaso.
Realmente un paraíso. Estuvimos dos hermosos días, disfrutamos como locos el hábitat. Para todos, era maravilloso. Dejamos el tráiler y con el 9 hicimos el camino de los 7 lagos entre los bosques, hasta La Angostura y la vuelta al camping.  Amé más a ese auto, si se puede amar a un auto.
 Nacho no dejaba de pedir de ir a pescar trucha. Uno de los días, a la tarde, en la orilla del lago Traful intentamos pescar con señuelos y nada de pesca. El Negro estaba de un humor que se lo llevaba el diablo, y lo tomamos entre todos y lo revolcamos en el pedregullo de la orilla hasta que se le pasó. Empecé un fueguito en el hueco de una piedra grande, y como fue siempre mi costumbre, lo mantuve largo rato hasta que se me ocurrió ir a buscar un lomo entero e hicimos unos hermosos sanguchitos al caer la tarde templada. Si la felicidad existiera, sería una muestra cabal.
Cuando Mirtita llama a mi prima Estela en Lago Puelo, ésta le sugiere que se ofendería que estando apenas a unos 250 km no fuéramos a visitarlos. Levantamos campamento y  allí fuimos. Salimos a Confluencia y doblamos con dirección a Bariloche. No dejábamos de maravillarnos. En esa época hubo incendios muy fieros y había helicópteros tirando agua, por Villa Rumipal, antes de entrar a San Carlos de Bariloche.
 Entrar a Bariloche, dónde me saludaban con mucha cortesía la gente de Gendarmería, con venia y todo, fue muy festejado por todos. Encontramos la salida por la R258 hacia El Bolsón y Puelo.
Todo el camino bordeando esos lagos hermosísimos, estuvimos escuchando la música que nos acompañará toda la vida.
Al llegar a Puelo, nos recibieron los primos y fuimos a parar a un camping de un amigo de Gustavo. Un lugar precioso. Lo que me llamaba la atención de esos lugares era TODO.
Amo el olor de los árboles, el sonido de las bandurrias, el color de las flores, la levedad de perfumes de las mosquetas, la aridez del ripio, el turquesa del lago, amo el aire que se respira.
Cuando me escribía con mi prima, me imaginaba como sería el lugar. Pero la realidad superó mi imaginación.
En voz mapuche, Puelo significa situado al este. Es el final de la ruta. Termina en el lago. Un lago chiquito, profundo, frío, encajonado entre montañas silenciosas que custodian al viento que trae la humedad del Pacífico. Tiene bosques, es la Selva Valdiviana, con ejemplares gigantescos de ñires, o coihues bordeando pampitas donde se pueden comer cerezas o manzanitas preciosas.
Es mi lugar.
De allí fuimos a Esquel, dónde hicimos ese viaje en el trencito de trocha angosta. Parecía de juguete, como el del Zoológico de La Plata. Unos vagones preciosos, cuidados y con un olor a leña quemada, ya que cada uno portaba una salamandra con leños encendidos, que daban calor a los ocasionales viajeros. Volvimos a Puelo pero bordeando el camino de los lagos del Parque Nacional Los Alerces. La belleza de la vista no te daba respiro.
Definitivamente fue espectacular. Y volvimos en otras ocasiones.

jueves, 2 de agosto de 2012

Corvalan y Alcorta

Mirando la foto de cuando era chico en la casa de mis viejos. Es en la esquina de la casa, frente al terraplén de las vias del tren. Estamos con mis primos, que vivían a la mitad de la cuadra. Estamos cada uno montado en un vehículo a pedal. Eramos jinetes en dos o tres ruedas. Y yo estoy en un caballito que tiraba de un sulky y era a pedal. Glorioso, formidable. A veces salíamos con ellos a dar vueltas por el barrio. Llegábamos hasta el Riglos, dónde había unos promontorios que me semejaban montañas. Por esas mismas calles donde andábamos en bici, se juntaban los lecheros con carros que traían los tachos de metal que contenían  leche directo de los tambos de la zona. Era fantástico cuando se escapaban los caballos que tiraban de los carros con los carros a la rastra sacudiendo y revoleando los tarros vacíos o no. Eran unos hermosos pingos, que lucían enjaezados y cuidados. A mi viejo le encantaban los caballos y te contagiaba el entusiasmo. Siempre montaba sin estribos. Cada vez que salíamos, de vacaciones o finde, buscaba dónde alquilaban caballos y a montar. Siempre contaba sobre su infancia en Mataderos (inefable Mataderos), dónde su papá trabajaba vendiendo publicidad para una revista de los ganaderos. A mi abuelo solían prestarle caballos muy briosos, como todos los pingos que se usan para trabajar en los corrales arreando el ganado vacuno. Para mí viejo era un placer andar a caballo. Y para mí era un placer verlo a él.

viernes, 20 de julio de 2012

Bariloche 1974


Viendo una venerable foto de unos treinta y ocho años, se me acaban de aparecer más imágenes. En esa foto en blanco y negro estamos Carlos, Alfredo y yo. La sacó Huguito, por eso no se encuentra en ella. Fue en el viaje de egresados (cuatro) que hicimos en el ’74. Para nosotros fue una epopeya, sobre todo para mí que fui con muy poca guita. Impresionante la despedida de mis viejitos. Se iba el nene. El tren partió de Constitución y tardamos 48 hs en llegar. (40 hs. al regreso)
Llevábamos un pan dulce casero que nos había hecho Pelusa (mamá de Carlos).
El viaje en sí fue una real travesía. Polvo, sed. No sabíamos cómo sentarnos. Hubo que tirar un pollo rostizado que se echó a perder. Conocimos gente de todo tipo.
 Habíamos alquilado una “cabañita” al abuelo nazi-refugiado de un amigo. El hombre vivía con una mapuche de unos 40 (cuarenta) años menos.
Era una prefabricada de doble pared aislada, muy elemental pero cómoda. Al costado de la entrada tenía un medio tanque, en el que acumulaba el agua que bajaba del cerro, y al costado de ese improvisado recipiente crecía una planta espinosa de una hermosa flor, rosa mosqueta, con la cual la aborigen preparaba dulce.  
 Nos repartimos las camas y empezó la aventura para nosotros. Para ir a la villa había que caminar a Bustillo, como diez cuadras en bajada (a la vuelta había que subirlas!), y allí hacíamos dedo o tomábamos algún bondi. Nuestra joda fue durante 15 días, bajar a Bariloche y vagar. Nuestro alimento generalmente era paté de foie que nos habíamos provisto en cantidades industriales. No sabíamos cocinar mucho, realmente unos prodigios.
En esa foto habíamos emprendido la idea de subir el cerro Otto, en el que estaba instalando el funicular una compañía suiza. Cuando lo subimos nos costó un grandísimo esfuerzo; pero al llegar arriba, fue una experiencia que la foto no hace justicia. Al bajar el cerro, lo hacíamos mirando dónde pisábamos y cuidando de no rompernos la crisma. Cuál no sería la sorpresa cuando nos pasan dos técnicos de la instalación a las zancadas mirando hacia el cable sin mirar dónde pisaban. Nos sacaron medio cerro en media hora. Fue toda una experiencia.
Pero lo que realmente me hizo amar el sur, ha sido la fortuna de contar con un amigo, Carlitos, que me propuso que lo acompañara más al Sur. Obviamente me prestó la plata para que lo acompañara al Lago Espejo. Fue ahí la verdadera aventura para mí. Hicimos dedo hasta que nos llevaron hasta La Angostura, que no era más que unas casitas (nada que ver con lo que es ahora) y allí nos recogieron unos seminaristas que llevaban a un obispo al complejo que tenía la orden salesiana en el Lago Espejo. Cuando llegamos, no podíamos creer lo que veíamos. Sin palabras más que BELLEZA. Nos alojaron en una cabañita junto con el chofer del micro y su recién desposada.
Fueron dos días que disfruté muchísimo. Caminaba y levantaba las frutillas del pasto e iba comiéndolas.
En el muelle, que se encontraba en una pequeña bahía, había unas improvisadas naves que consistían en dos troncos de cipreses fuertemente sujetos que nos servían como canoas improvisadas y en las cuales bordeábamos la costa del lago y mirábamos el paisaje silente.Un silencio sólo roto por nuestros gritos al jugar con los remos y arrojarnos agua.
En este momento me cuesta encontrar las palabras justas para describir lo que vi y aún no puedo olvidar: los bosques sumergidos, árboles que crecían hacia nosotros y querían tocar nuestros pies desnudos y ateridos de frio. Enormes cipreses, coihués o ñires que se veían como una foto al revés.
También hicimos una excursión al límite con Chile, donde paramos a tomar un mate cocido con galleta. Ahí fue mi segunda experiencia con esos bosques maravillosos. Nos introdujimos en los matorrales al costado del improvisadoVivouac y empezamos a sortear y saltar y pasar por debajo de cañas de coligüe hasta llegar a un cañadón donde dormitaban otros árboles gigantes volteados por poderosas tormentas que los aplastaron como el pasto bajo nuestros pies. Vimos, desalentados, que había marcas de que alguien, nos había señalado el lugar hacia dónde ir.
Esas imágenes no se me borran más de mi cabeza, como tampoco la enorme acción de un amigo que quiso que compartiera con él, esa imborrable experiencia.
Gracias Carlitos.

jueves, 19 de julio de 2012

de Mataderos


De Mataderos, barrio muy especial para mí, tengo una cálida morriña. Mi abuela Maruja me llevó al dentista un día de mucho frío, y yo de pantalones cortos a los once años! Con otro gesto atrevido y conciliador, fuimos a lo de Campana y me compró ¡mis primeros pantalones largos de franela gris!  Cómo no la iba a adorar.
Le creí cuando me contaba que cuando hacían el camino de Santiago desde su pueblito Tuy, en Galicia, prendían fogatas para espantar los lobos que aún quedaban en las montañas. Con su hermano nadaban y cruzaban a la otra orilla que era, Portugal! También que su padre, desertó de las filas del rey en un fuerte en Andalucía (era timbal de la orquesta real) para verla nacer, y hubo de ir su madre con ella en brazos a pedirle al mismísimo Alfonso XIII, clemencia por el terrible pecado de desertor.  Puedo ver en sus fotos, la hermosura de ella y la altivez adusta de su padre, paseando por la rambla de Mar del Plata en 1925.
También recuerdo en las mañanas luminosas de la calle Montiel, el vendedor de verduras en el carro verde con la yegüita tordilla voceando: ¡Melones dulces, doña?! Rito infaltable, correr a la vereda a cazar mariposas que seguían al carrito, para después en un alarde de alquimia tratar de conseguir perfumes a partir de los pobres bichitos, sumergiéndolos en alcohol fino. Y esperar la transformación tomando con los primos un vaso lleno de granadina fría, servidos por la tía Gloria. Ese barrio fue testigo de mis primeros amores con mis primas, pese al enojo de Marcelo. O cuando en el cumple de 15 años de Graciela, ella misma me enseñó a bailar el rock. Una danza que me acompañaría para siempre, y que provocaba que mi abuelo Antonio no cesara de pedir que lo bailara con la que en ese momento era mi novia y después mi compañera amada de toda la vida.
El rock fue mi partenaire en la faceta frívola. Lo disfrutaba terriblemente en las fiestas de la casona del tío Juan Carlos. Era toda una mise en escene, las escaleras amplias tipo Hollywood, las arañas de caireles, mi primo Alex con el clarinete y tío Beto con el vaso de Caballito Blanco en una mano y el puro en la otra.
Todo empezaba con Benny Goodman o Glenn Miller, seguía más swing de las grandes bandas y terminábamos bailando el rock, con mi amor. Esa casa de la calle Bufano era hermosa y compartíamos con mi familia el reencuentro con los afectos de mi viejo querido.
El viejo fue mi héroe en muchos aspectos. Hijo de un andaluz y una criolla, tuvo que salir a laburar muy pronto. Cuando su madre se suicidó, su padre empezó a ver la vida a través del vidrio verde botella. Tenía dos hermanas menores que hacer crecer. Su carácter fuerte se moldeó en la calle y tal vez por eso tenía tanta vida y añejos fantasmas. Después de leer Aguafuertes Porteñas de R. Arlt lo entendí más. Papá buscaba los que se habían ido. Los creía ver en el barrio de Villa del Parque o en Balvanera. Nos llevaba a mi hermano y a mí, a ver los conciertos de guitarra en la facultad de Medicina o íbamos a montar caballos en Córdoba (pero sin estribos).  O la llevaba a mamá al teatro, o se iba a jugar al póker con los amigos libaneses. Realmente tenía una gran facilidad para conectarse con la gente. Después de ya fallecido hace unos años, cuando me encuentro con alguien que lo conocía, lo elogian y lo destacan como un patriarca, serio y formal, cálido y afectuoso.
 Veo mis manos tecleando y veo las manos de él, arrugadas por una quemadura en su adolescencia.