Hoy
vi la foto de mi familia en la estación del trencito de Esquel. Todo un viaje
inolvidable. Fue una epopeya para nosotros. Y especialmente para mí.
Todo
comenzó con la compra de un R9 de ¡dos años de antigüedad!, después de tener
autos viejos varios. Mangueé un tráiler muy entero del muy querido vecino Don
Remo. Lo mejoré y en unos quince días partimos en un torbellino de ansiedades;
estrenábamos auto, viaje largo y quimeras varias. Aunque algo de camping a
cuesta teníamos (de San Luis hablaré en otra ocasión), esto era diferente. Y
ahí salimos.
Nuestra
meta era Villa Traful, un paraíso muy comentado por el médico que trajo a
nuestros cuatro hijos al mundo. Lo hicimos en dos tramos. A medida que
avanzábamos por la R5, empecé a experimentar síntomas de gripe? Paramos a comer
en Santa Rosa y no pude comer. Yo tenía 39 grados y ganas de vomitar. Pero así
y todo seguimos. Para mí era todo un desafío arrastrar un tráiler. El 9, un
fenómeno. Tomo por la R35 y sigo por la R154 para llegar a Río Colorado. Era un
desastre el camino, con un viento feroz del oeste que me paraba el auto y me hacía
oscilar el tráiler. Mientras tanto escuchábamos a Brian Adams, León Gieco, la
Negra Sosa y Charlie García. Aire acondicionado cuando me lo permitía el
tráfico, porque me sacaba potencia. Llegamos a Rio Colorado y paramos en el
Hotel Ancona que me había recomendado mi amigo Alfredo. A esa altura seguía con
mucha fiebre y paramos hasta el otro día. Arrancamos temprano y tomamos la R22,
la ruta del valle. Una sorpresa festejada fue el hallazgo en la ruta de una
bandera argentina tirada, que pasó a formar parte de nuestro equipaje. Muy
bueno el trayecto, y maravilloso cuando pasamos la meseta y empezamos a bajar
en Neuquén por la R237 bordeando el rio Limay. Espectacular! Y llegamos a
Confluencia donde nos desviamos a Traful. ¡Mis primeros 30 km de ripio y con tráiler!
Al llegar al camping sufrí un acceso de temblores que pasó al acostarme en el tráiler
que habían armado mis nenes. Fue todo atribuido al stress del viaje. Vulgo cagaso.
Realmente
un paraíso. Estuvimos dos hermosos días, disfrutamos como locos el hábitat.
Para todos, era maravilloso. Dejamos el tráiler y con el 9 hicimos el camino de
los 7 lagos entre los bosques, hasta La Angostura y la vuelta al camping. Amé más a ese auto, si se puede amar a un
auto.
Nacho no dejaba de pedir de ir a pescar trucha.
Uno de los días, a la tarde, en la orilla del lago Traful intentamos pescar con
señuelos y nada de pesca. El Negro estaba de un humor que se lo llevaba el
diablo, y lo tomamos entre todos y lo revolcamos en el pedregullo de la orilla
hasta que se le pasó. Empecé un fueguito en el hueco de una piedra grande, y
como fue siempre mi costumbre, lo mantuve largo rato hasta que se me ocurrió ir
a buscar un lomo entero e hicimos unos hermosos sanguchitos al caer la tarde
templada. Si la felicidad existiera, sería una muestra cabal.
Cuando
Mirtita llama a mi prima Estela en Lago Puelo, ésta le sugiere que se ofendería
que estando apenas a unos 250 km no fuéramos a visitarlos. Levantamos campamento
y allí fuimos. Salimos a Confluencia y
doblamos con dirección a Bariloche. No dejábamos de maravillarnos. En esa época
hubo incendios muy fieros y había helicópteros tirando agua, por Villa Rumipal,
antes de entrar a San Carlos de Bariloche.
Entrar a Bariloche, dónde me saludaban con mucha
cortesía la gente de Gendarmería, con venia y todo, fue muy festejado por
todos. Encontramos la salida por la R258 hacia El Bolsón y Puelo.
Todo
el camino bordeando esos lagos hermosísimos, estuvimos escuchando la música que
nos acompañará toda la vida.
Al
llegar a Puelo, nos recibieron los primos y fuimos a parar a un camping de un
amigo de Gustavo. Un lugar precioso. Lo que me llamaba la atención de esos
lugares era TODO.
Amo
el olor de los árboles, el sonido de las bandurrias, el color de las flores, la
levedad de perfumes de las mosquetas, la aridez del ripio, el turquesa del
lago, amo el aire que se respira.
Cuando
me escribía con mi prima, me imaginaba como sería el lugar. Pero la realidad
superó mi imaginación.
En
voz mapuche, Puelo significa situado al este. Es el final de la ruta. Termina en
el lago. Un lago chiquito, profundo, frío, encajonado entre montañas
silenciosas que custodian al viento que trae la humedad del Pacífico. Tiene
bosques, es la Selva Valdiviana, con ejemplares gigantescos de ñires, o coihues
bordeando pampitas donde se pueden comer cerezas o manzanitas preciosas.
Es
mi lugar.
De
allí fuimos a Esquel, dónde hicimos ese viaje en el trencito de trocha angosta.
Parecía de juguete, como el del Zoológico de La Plata. Unos vagones preciosos,
cuidados y con un olor a leña quemada, ya que cada uno portaba una salamandra
con leños encendidos, que daban calor a los ocasionales viajeros. Volvimos a
Puelo pero bordeando el camino de los lagos del Parque Nacional Los Alerces. La
belleza de la vista no te daba respiro.
Definitivamente
fue espectacular. Y volvimos en otras ocasiones.