jueves, 19 de julio de 2012

de Mataderos


De Mataderos, barrio muy especial para mí, tengo una cálida morriña. Mi abuela Maruja me llevó al dentista un día de mucho frío, y yo de pantalones cortos a los once años! Con otro gesto atrevido y conciliador, fuimos a lo de Campana y me compró ¡mis primeros pantalones largos de franela gris!  Cómo no la iba a adorar.
Le creí cuando me contaba que cuando hacían el camino de Santiago desde su pueblito Tuy, en Galicia, prendían fogatas para espantar los lobos que aún quedaban en las montañas. Con su hermano nadaban y cruzaban a la otra orilla que era, Portugal! También que su padre, desertó de las filas del rey en un fuerte en Andalucía (era timbal de la orquesta real) para verla nacer, y hubo de ir su madre con ella en brazos a pedirle al mismísimo Alfonso XIII, clemencia por el terrible pecado de desertor.  Puedo ver en sus fotos, la hermosura de ella y la altivez adusta de su padre, paseando por la rambla de Mar del Plata en 1925.
También recuerdo en las mañanas luminosas de la calle Montiel, el vendedor de verduras en el carro verde con la yegüita tordilla voceando: ¡Melones dulces, doña?! Rito infaltable, correr a la vereda a cazar mariposas que seguían al carrito, para después en un alarde de alquimia tratar de conseguir perfumes a partir de los pobres bichitos, sumergiéndolos en alcohol fino. Y esperar la transformación tomando con los primos un vaso lleno de granadina fría, servidos por la tía Gloria. Ese barrio fue testigo de mis primeros amores con mis primas, pese al enojo de Marcelo. O cuando en el cumple de 15 años de Graciela, ella misma me enseñó a bailar el rock. Una danza que me acompañaría para siempre, y que provocaba que mi abuelo Antonio no cesara de pedir que lo bailara con la que en ese momento era mi novia y después mi compañera amada de toda la vida.
El rock fue mi partenaire en la faceta frívola. Lo disfrutaba terriblemente en las fiestas de la casona del tío Juan Carlos. Era toda una mise en escene, las escaleras amplias tipo Hollywood, las arañas de caireles, mi primo Alex con el clarinete y tío Beto con el vaso de Caballito Blanco en una mano y el puro en la otra.
Todo empezaba con Benny Goodman o Glenn Miller, seguía más swing de las grandes bandas y terminábamos bailando el rock, con mi amor. Esa casa de la calle Bufano era hermosa y compartíamos con mi familia el reencuentro con los afectos de mi viejo querido.
El viejo fue mi héroe en muchos aspectos. Hijo de un andaluz y una criolla, tuvo que salir a laburar muy pronto. Cuando su madre se suicidó, su padre empezó a ver la vida a través del vidrio verde botella. Tenía dos hermanas menores que hacer crecer. Su carácter fuerte se moldeó en la calle y tal vez por eso tenía tanta vida y añejos fantasmas. Después de leer Aguafuertes Porteñas de R. Arlt lo entendí más. Papá buscaba los que se habían ido. Los creía ver en el barrio de Villa del Parque o en Balvanera. Nos llevaba a mi hermano y a mí, a ver los conciertos de guitarra en la facultad de Medicina o íbamos a montar caballos en Córdoba (pero sin estribos).  O la llevaba a mamá al teatro, o se iba a jugar al póker con los amigos libaneses. Realmente tenía una gran facilidad para conectarse con la gente. Después de ya fallecido hace unos años, cuando me encuentro con alguien que lo conocía, lo elogian y lo destacan como un patriarca, serio y formal, cálido y afectuoso.
 Veo mis manos tecleando y veo las manos de él, arrugadas por una quemadura en su adolescencia.

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