De Mataderos, barrio muy especial
para mí, tengo una cálida morriña. Mi abuela Maruja me llevó al dentista un día
de mucho frío, y yo de pantalones cortos a los once años! Con otro gesto
atrevido y conciliador, fuimos a lo de Campana y me compró ¡mis primeros
pantalones largos de franela gris! Cómo
no la iba a adorar.
Le creí cuando me contaba que
cuando hacían el camino de Santiago desde su pueblito Tuy, en Galicia, prendían
fogatas para espantar los lobos que aún quedaban en las montañas. Con su
hermano nadaban y cruzaban a la otra orilla que era, Portugal! También que su
padre, desertó de las filas del rey en un fuerte en Andalucía (era timbal de la
orquesta real) para verla nacer, y hubo de ir su madre con ella en brazos a
pedirle al mismísimo Alfonso XIII, clemencia por el terrible pecado de
desertor. Puedo ver en sus fotos, la
hermosura de ella y la altivez adusta de su padre, paseando por la rambla de
Mar del Plata en 1925.
También recuerdo en las mañanas
luminosas de la calle Montiel, el vendedor de verduras en el carro verde con la
yegüita tordilla voceando: ¡Melones dulces, doña?! Rito infaltable, correr a la
vereda a cazar mariposas que seguían al carrito, para después en un alarde de
alquimia tratar de conseguir perfumes a partir de los pobres bichitos,
sumergiéndolos en alcohol fino. Y esperar la transformación tomando con los
primos un vaso lleno de granadina fría, servidos por la tía Gloria. Ese barrio
fue testigo de mis primeros amores con mis primas, pese al enojo de Marcelo. O
cuando en el cumple de 15 años de Graciela, ella misma me enseñó a bailar el
rock. Una danza que me acompañaría para siempre, y que provocaba que mi abuelo
Antonio no cesara de pedir que lo bailara con la que en ese momento era mi
novia y después mi compañera amada de toda la vida.
El rock fue mi partenaire en la
faceta frívola. Lo disfrutaba terriblemente en las fiestas de la casona del tío
Juan Carlos. Era toda una mise en escene,
las escaleras amplias tipo Hollywood, las arañas de caireles, mi primo Alex con
el clarinete y tío Beto con el vaso de Caballito Blanco en una mano y el puro
en la otra.
Todo empezaba con Benny Goodman o
Glenn Miller, seguía más swing de las grandes bandas y terminábamos bailando el
rock, con mi amor. Esa casa de la calle Bufano era hermosa y compartíamos con
mi familia el reencuentro con los afectos de mi viejo querido.
El viejo fue mi héroe en muchos
aspectos. Hijo de un andaluz y una criolla, tuvo que salir a laburar muy
pronto. Cuando su madre se suicidó, su padre empezó a ver la vida a través del
vidrio verde botella. Tenía dos hermanas menores que hacer crecer. Su carácter
fuerte se moldeó en la calle y tal vez por eso tenía tanta vida y añejos
fantasmas. Después de leer Aguafuertes Porteñas de R. Arlt lo entendí más. Papá
buscaba los que se habían ido. Los creía ver en el barrio de Villa del Parque o
en Balvanera. Nos llevaba a mi hermano y a mí, a ver los conciertos de guitarra
en la facultad de Medicina o íbamos a montar caballos en Córdoba (pero sin
estribos). O la llevaba a mamá al
teatro, o se iba a jugar al póker con los amigos libaneses. Realmente tenía una
gran facilidad para conectarse con la gente. Después de ya fallecido hace unos
años, cuando me encuentro con alguien que lo conocía, lo elogian y lo destacan
como un patriarca, serio y formal, cálido y afectuoso.
Veo mis manos tecleando y veo las manos de él,
arrugadas por una quemadura en su adolescencia.
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