martes, 7 de junio de 2022

Crisálida.

Esa sonrisa tan bella, cautivadora, insondable.

Indescifrable composición de un instante concedido a la sangre que lo pidió.

Esa visión de mi hija como persona adulta, refugio de mis ojos cansados, escépticos de la realidad circundante. Sedientos de algo naif.

Y es enormemente gratificante que te mire. Que te mire y descubras a una diva no pretendida.

Una persona con todos los errores, desdichas y dudas que pueden caber a un ser humano. SER HUMANO.

…y que además resuelve con temor, con audacia, valentía y un toque de displicencia…

Flaca, con muchos tatuajes, boca suelta, con desparpajo, resoluta. Brutalmente franca.

Así la vi, antigua niña, convertida en un ser de luz. Andróginamente bella y sutilmente femenina.

Con voluntad de cambiar, (el mundo?), de ser una persona no definida, renegadora de los mandatos recibidos, tal cual, encontré a Agustina, esperada hija, cuarta después de tres varones.

Su resolución, determinación y pertinaz voluntad hacen de esta delgada figura una arrollador gigante, con un conocimiento muy acabado de sus alcances y necesidades, a pesar de que a mí me parece frágil.

Sin aspirar a ser único, lo es.

Sin tapujos para expresarse, puede pasar por insolente, para luego con una matizada y suave parsimonia, descerraja un concepto duro, desafiante, quirúrgicamente real.

Guxor es y se autodefine así, libre y comprometido con la realidad, que arremete decidido.

Mi amado pequeño. Como sucede con tus hermanos, me dispersan tus fotos. Me inspiran tanto…

Donde aparecés solo, con amigues, con parejas, con familiares, con tus hermanos, con tu mamá; tu mirada torna de irreverente a ingenua, de desafiante a dulce niño.

Revisitando fotos, te reencuentro en cientos de ellas; tu amor a las fotos, es como otra piel, una sombra que te acompaña.

Tus ojos son el objetivo, y disparás.

Te lo había confesado, ellos ven lo que otros mortales no alcanzan a vislumbrar.

Tu postura de halcón disfrazado de sutil gorrión, dice mucho de tus luchas internas y externas.

Lágrimas de desamparo, seguro resurgimiento de rojas cenizas abrasadoras.

Tu mente poderosa e indolente no se cuestiona, ejerce.

Desafía y emprende.

A las formas, al status quo, al maldecir. Resolvés.

Tu delgadez oculta un alma enorme.

Sos muy dignamente, humano.

Por ello, te respeto en todas tus formas.

Tu papá.


 

Sentido del oido

 


El sentido del oído:


Lo puse en práctica, definitiva y conscientemente, cuando empecé a escuchar música en el Wincofon que trajo mi viejo para una Navidad en los ’60.

También escuchando los golpes de las palas de papá y el abuelo Antonio, arrimando tierra del jardín contra las inútiles tablas apoyadas como sendos diques, en la puerta de entrada; tratando infructuosamente de impedir la entrada de agua, de la sempiterna inundación, en la casa. Como fondo de esa dramática ópera gaucha, los sapos y ranas daban su concierto ubicuo.

Cómo no acordarme maravillado del abuelo tocando, ora la guitarra, ora la bandurria, ora la batería. Cuando no, me iniciaba en los sonidos de pequeños instrumentos de madera o metal, que imitaban a los pájaros o la lluvia, o cencerros y triángulos.

El chirrido acompasado de la cigarra de verano, que saliendo de su hueco en el suelo cambiaba su vestido y llamaba a su amor posada en las acacias de Constantinopla, en la vereda de Alcorta 11. Ensordecedora a la siesta.

Todo ello enmarcado por el sonido del tren que pasaba, eléctrico o diesel, por las vías de enfrente. Monótona cadencia, que al no escucharla periódicamente, sospechábamos una tragedia.

Asimismo, estos oídos recuerdan el golpe rotundo y firme de los talones desnudos de papá enojado, presto a un chirlo por no dormir la siesta. Sonido de mierda.

Me parece oir aún el golpeteo rápido de la Singer de mamá cosiendo la ropa de mis hermanas. O la hermosa voz de la abu Maruja entonando alguna canción de su terruño gallego, mientras frota la ropa en la tabla de madera de su lavadero, y atraviesa la persiana de madera de la habitación.

Lo mejor se inició cuando papá empezó a comprar las colecciones de discos de Reader’s Digest, con cajas de vinilos de tangos, clásicos ligeros y jazz. Toda una etapa de mi adolescencia ya conflictuada, operando en mí de manera muy especial. Me abstraía escuchando esa música, sentado sobre la alfombra del living.

Son recuerdos muy selectivos, nunca más pude desprenderme de la música, ni siquiera en la colimba. Allí nos ponían a Julio Iglesias o Diana Ross por los altoparlantes a todo volumen, durante todo el día. A la distancia sospecho que era para que no escucháramos los gritos de los secuestrados en el Casino de Suboficiales del Batallón de Infantería de Marina N°3 Almirante Eleazar Videla.

Cómo no recordar el gritito de mis niños cuando nacieron y presenciaba el parto. Los veía salir de las entrañas de mi amor, sucios de la placenta, parpadeando extasiados por la luz impetuosa que los inundaba.

Estoy escuchando un minueto (de la Polonesa de Chopin), y recuerdo cuando presenciábamos las obras en las que participaba Gonzalo, y nos convenció para que formáramos parte de un enorme y talentosísimo coro polifónico. Allí aprendí a escuchar mejor. Cómo habría de describir todo lo que siento cuando escucho a Bach y el oboe d’amore; cómo alguien puede escribir una música que nos transporta a otro lugar.

Ahora más aquí en el tiempo, mi sentido se hizo más sutil en su apreciación.

Me abrumaba los ruidos de las grandes urbes, cacofonías de los ambientes tan poblados. El voceo de los vendedores ambulantes en el tren, el traqueteo de los vagones, el bocinazo de los colectivos o taxis. La música estruendosa saliendo de los locales.

Ahora todo trastocado estentóreamente por el silencio atronador de las montañas.

Cambio devengado, protagonizado en estos tiempos por los pájaros que nos visitan, teros, bandurrias, diucas, come sebos, chingolos, gorriones, cachañas, chimangos, colibríes. Una respetable metamorfosis del ambiente, un respiro, después de tanto stress auditivo. Gratifica sus sonidos intercambiando información de humedad, viento, semillas, amores, compañía, sol. Comparten su espacio con nosotros, nos admiten con beneplácito disimulado en aleteos y cabeceos afirmantes.

Esos leves sonidos, claros y distintivos me impelen a escribir.

Menos mal, podría abstraerme y olvidarme de llevarlo a cabo.

Debo reconocer y aceptar que otro de los sonidos que registran estos cansados oídos, son las palabras de mi amada susurrándome “te amo”.

Sonido que me mueve y electriza.

lunes, 2 de mayo de 2022

El sentido del Tacto

 Alguna vez me pidieron que cuente qué son los cinco sentidos para mí. Intentaré describirlos y contar mis experiencias en cuanto a ellos.

  Ellos son el tacto, el olfato, el gusto, la vista y el oído. Cada uno de ellos ha dejado rastros indelebles, que hacen los recuerdos más amables que otros.

 El tacto me ha traído a la memoria por ejemplo, la textura muy suave del vestido de terciopelo verde de mamá Chola cuando tomamos la comunión mi hermano y yo.

  O la aspereza del pelo de los caballos que adoraba alimentar de chico, las crines tusadas y el sudor después de andar un rato.

  También me quedó la suavidad, al pisarlas con los pies desnudos, de los pétalos de las rosas enredaderas de la casa de la abu Maruja, cuando se desarmaban y cubrían el patio de baldosas avainilladas.

  El tacto  me engañaba cuando acariciaba las calas y dentro estaban las benditas abejas que me picaban suicidándose sin saberlo, sin constancia cabal de ello.

  Este sentido me replica esa sensación de la arena húmeda y crujiente de la playa de Mardel, cuando íbamos con la familia. Todos en el Jeep de papá.

  También la tersura de los plumones de los gorriones que recogíamos en Punta Chica, en esos viajes del Jeep. Gorriones que se caían de los nidos inalcanzables para nosotros y  yo los paseaba después en el manubrio de la bicicleta por Moreno.

  Me ha quedado la hermosa impresión de las figuras del gobelino de los sillones de tía Pocha de Carapachay, cuando sacaba las fundas protectoras amarillas de algodón.

  Como también el contacto de la alfombra de la casa de Alcorta 11, cuando me sentaba a escuchar la colección de vinilo de música Clásica o Jazz Ligero, tomando whisky con mi viejo.

  La frialdad del metal de las armas que empuñé, sean de fuego o punzantes. Las adoradas herramientas que me encanta tomar y utilizar para arreglar. Tanto el filo de los cuchillos y hachas, como el de los formones y gubias.

  O el metal de los motores de los autos o motos que conduje. Acariciándolos para arreglarlos o someterlos a presión para solucionar alguna panne.

  La piel pecosa de la espalda robusta de papá Rubén.

  La fría humedad del pasto que pisaba cuando íbamos a Punta Lara con mi familia.

  La masa, la ansiada masa de pan que amasé durante varios años para empezar la jornada de laburo, tenía que tener una determinada humedad y suavidad. Debía ser exacta.

  Más acá en el tiempo, las puntas cronadas de las piñas de los árboles que abundan por estos lares y pinchan mis manos. O las ásperas hojas del pañil, las coriáceas del radal.

  La tersura de la piel de mis hijitos bebés y las ásperas barbas de ellos mismos crecidos, o la suavidad del rostro de Agustina, mi nena, cuando está tranquila. Cuando los abrazo.

  Este sentido me ha enseñado cosas valiosísimas en el amor. Como cuando mi amada está tensa por distintos motivos; o cuando duerme y tiene pesadillas, percibo su inquietud y con mi mano intento tranquilizarla. Hay distintas corrientes eléctricas que me sugieren cuando detenerme o cuando avanzar en las caricias. Sus manitas tienen una piel tan suave que desmiente cuan sabia que es en trabajos duros, escritura o pintura.

  Cuando curo una herida, primero palpo viendo cuánto de grave es y si puedo ayudar a cerrarla.

  El tacto es importante para atrapar esas vibraciones que están en el aire y no puedo describir.

  Esa movilidad de partículas que despierta en mí, alertas de venturas y desventuras.

  Porque ese sentido no tiene tanto reconocimiento como otros.

Se podría decir, es un sentido devaluado?

Porque cuando nieva o el viento me azota el rostro, es el tacto el que interviene.

  Perdóname mano, perdónenme dedos, boca, frente, cada vez que me besó mamá u otra persona querida. Ya que sólo pensaba en el tacto, tanto mano y es con toda la piel mi sensación.

Devaluado o no, es un sentido que aprecio. Por eso siento, si no es con las manos, que sea con el corazón. 
Él también siente.