miércoles, 28 de junio de 2017
Diamante asombrado
Después de una evaluacion de daños, se me dió por mirar afuera y asistí a un espectáculo IN DES CRIP TI BLE. El cuarto menguante más hermoso que haya visto, vea y verré. La luna mirando de soslayo al Piltriquitrón. El cerro mudo ante la vista, ofrece su respaldo de piedra y nieve. Ante mí, la nieve brilla como diamante por la terrible helada. Los nevados cipreses, pinos y los doblegados, mudos aromos, son espectadores anhelantes. Cargados de nieve en sus vencidas ramas parecen pintados.
Intento describir la maravilla, tratando de respirar al mismo tiempo. Inconmensurable. Sensaciones y vértigo visual,concordantes. Un instante compartido con Dios arriba y la Pacha abajo.
La luna devuelve la luz prestada y se apagó el diamante maravillado.
Gracias vida.
martes, 27 de junio de 2017
Gonzalo escribiendo japonés
La imagen puede pasar desapercibida si no se le da un contexto.Una persona escribiendo, prestando atención a la tarea. Pero hete aquí, que no es cualquier persona.
Es uno de mis hijos, Gonzalo. Actor, cantante lírico, profesor de música, estudiante de dirección coral, con una alta facilidad para aprender idiomas. En el momento de la fotografía estaba estudiando japonés. Mas, lo que me invita a citarlo como un ejemplo de lectura, no son sus capacidades histriónicas, sino su alta concentración en la lectura.
Lector apasionado, tiene su propia biblioteca, con clásicos en
distintos idiomas.
Lo particular, es su versatilidad de esponja literaria, que
desarrolló desde muy temprana edad.
Si elijo esta figura, no es más que por la representación pura de un
lector que, más allá de las contingencias para desarrollar su tarea diaria de
subsistir, encuentra un espacio para leer un libro por semana. La lectura en
él, muy similar a la que me atrapaba a mí, es lo que nos alimenta. A través del
tiempo y a pesar de los soportes electrónicos de que dispone, (laptop, iphone,
notebook, Smartphone, pc, teclados alternativos, etc.), no cejó en leer. Pero
su tarea es ecléctica, pura mixtura de información. Por más que sepa leer una
partitura en un pentagrama, necesita reproducir en su teclado midi, una pieza a componer, mezclando el
“sonido” del papel con lo electrónico.
La lectura de textos académicos o no, puede representar distintas
responsabilidades. Entre ellas la de difundir lo que se aprende. Cuando se
arremete con esa hermosa tarea de absorber letras, palabras, signos, se debe
como mínimo transmitir parte de lo leído. Es en los diálogos que se producen,
las discusiones dónde el razonamiento prevalece, el momento de apoyarse en un
discurso leído o una opinión valedera, con fundamentos, es cuando uno se siente
realmente rico.
Se ha arribado a un punto, un cross road, dónde debemos elegir: o un
libro físico, un teclado de un ordenador o una alternativa más viable. Va de
suyo la complementación.
Aldous Huxley en Un Mundo Feliz o George Orwell en 1984, adelantaban algo, muy somero (dada la realidad tan
apabullante) sobre cómo iba a seguir la cuestión.
Actualmente el soporte libro físico está
permaneciendo más allá de los agoreros, pero es tanto el bombardeo publicitario
a favor del soporte electrónico que muchos han sucumbido a la tentación y yo
mismo he presenciado cómo se canta en un coro mediante la lectura de una
partitura, a partir de una tableta. Confieso que me sentí un dinosaurio.
Gracias a Galeano, Benedetti, Caparrós, y
tantos otros, vale la pena leer.
domingo, 25 de junio de 2017
El cuartito verde.
El porqué de las notas ahumadas en el cuartito verde.
D. GONZALEZ (1955). Extracto de su libro Del Abuelo Antonio y su manejo del silencio.
…siempre se preguntaba cuál era la relación entre la ceniza interminable en el cigarrillo del abuelo Antonio y las notas musicales que salían de los instrumentos que tocaba.
Con el paso del tiempo aprendió a descifrar las notas que salían flotando despacito del cuartito verde. Si se arrimaba a espiarlo, notaba que la ceniza crecía y crecía en el pitillo que pendía de los labios finitos que musitaban canciones viejas y hermosas. Cada tanto el abuelo Antonio soplaba y entonces la ceniza gris se metamorfoseaba en un do sostenido y lo combinaba con un fa en staccato.
Si fabricaba un redoblante, los dedos largos y delicados del abuelo tensaban las varillas del costado del maple cortado a medida, estirando el parche de cuero de panza de oveja y salían los re y sol vibrando.
Mientras, la ceniza seguía colgando, inmutable. A veces él iba a buscar a la abuela Maruja para preguntarle si el abuelo estaba bien. Ella lo tranquilizaba. En tanto la ceniza estuviese pendiendo, saldrían las notas y el abuelo, por ende, conforme. Ella le explicaba: las notas esperaban las manos del lutier y no salían a menos que el humo y la ceniza no se combinaran.
Una vez que el abuelo olvidó cerrar la puerta del Cuartito, descubrió que haciendo clorofila con las hojitas de menta y alcohol en los recipientes de las ventosas, que las partículas organolépticas de la ceniza se mezclaban con el aire remanente que había exhalado el venerable artesano y las notas mixturaban las diminutas motas de ceniza y contestaban con el sonido adecuado, según los componentes del humo. Semejante al sonido que hacía el macho de Beta Splendens en la pecera cuando hacía burbujitas en la superficie e inyectaba los alevines, extasiándose con la visión de sus pequeños hijuelos. A veces el abuelo volvía tarde del Tronio y se levantaba más tarde aún y las notas se acumulaban detrás de la puerta del Cuartito. Los recipientes para las ventosas, el soplador de silbidos de pájaros, el triángulo sonoro permanecían quietos, expectantes, inermes. El cencerro inmutable. Los palillos de la batería, impacientes.
Era el momento en que el abuelo caminando despacito, tiraba el pucho apagado, en el ángulo que hacían los dos caminitos, prendía uno nuevo y abría la puerta.
Al rato empezaban a salir las notas. Primero despacito y después más fuerte.
Es que lo esperaban anhelantes para poder volar.
D. Gonzalez (1955).Comp.yeoldeturtle.blogspot.com
D. GONZALEZ (1955). Extracto de su libro Del Abuelo Antonio y su manejo del silencio.
…siempre se preguntaba cuál era la relación entre la ceniza interminable en el cigarrillo del abuelo Antonio y las notas musicales que salían de los instrumentos que tocaba.
Con el paso del tiempo aprendió a descifrar las notas que salían flotando despacito del cuartito verde. Si se arrimaba a espiarlo, notaba que la ceniza crecía y crecía en el pitillo que pendía de los labios finitos que musitaban canciones viejas y hermosas. Cada tanto el abuelo Antonio soplaba y entonces la ceniza gris se metamorfoseaba en un do sostenido y lo combinaba con un fa en staccato.
Si fabricaba un redoblante, los dedos largos y delicados del abuelo tensaban las varillas del costado del maple cortado a medida, estirando el parche de cuero de panza de oveja y salían los re y sol vibrando.
Mientras, la ceniza seguía colgando, inmutable. A veces él iba a buscar a la abuela Maruja para preguntarle si el abuelo estaba bien. Ella lo tranquilizaba. En tanto la ceniza estuviese pendiendo, saldrían las notas y el abuelo, por ende, conforme. Ella le explicaba: las notas esperaban las manos del lutier y no salían a menos que el humo y la ceniza no se combinaran.
Una vez que el abuelo olvidó cerrar la puerta del Cuartito, descubrió que haciendo clorofila con las hojitas de menta y alcohol en los recipientes de las ventosas, que las partículas organolépticas de la ceniza se mezclaban con el aire remanente que había exhalado el venerable artesano y las notas mixturaban las diminutas motas de ceniza y contestaban con el sonido adecuado, según los componentes del humo. Semejante al sonido que hacía el macho de Beta Splendens en la pecera cuando hacía burbujitas en la superficie e inyectaba los alevines, extasiándose con la visión de sus pequeños hijuelos. A veces el abuelo volvía tarde del Tronio y se levantaba más tarde aún y las notas se acumulaban detrás de la puerta del Cuartito. Los recipientes para las ventosas, el soplador de silbidos de pájaros, el triángulo sonoro permanecían quietos, expectantes, inermes. El cencerro inmutable. Los palillos de la batería, impacientes.
Era el momento en que el abuelo caminando despacito, tiraba el pucho apagado, en el ángulo que hacían los dos caminitos, prendía uno nuevo y abría la puerta.
Al rato empezaban a salir las notas. Primero despacito y después más fuerte.
Es que lo esperaban anhelantes para poder volar.
D. Gonzalez (1955).Comp.yeoldeturtle.blogspot.com
sábado, 24 de junio de 2017
Relojes
Relojes:
Julio Cortázar
Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda
al reloj
Yo no sabía que mi viejo tenía algo de plata
escondida. “Un adelanto del laboratorio” nos dijo. Sentí que si no les daba algo,
podían pasarla mal mis hermanas o su amiga Clau.
Ni lo pensé, me levanté del suelo y corrí hasta el
bawut, donde tenía mis ahorros para pasar la conscripción lo más holgadamente
posible, 200 mangos.
Unos de los chorros que me vigilaba, gritó: Ahí va uno!
– El más veterano me agarró con una mano
y con la otra me golpeó en la frente con el cañón de la 11,25 y me apoyó la boca de la pistola entre los ojos.
-No va a ser la primera vez que baje a alguien-me
sugirió amablemente. Me arrancó los billetes de la mano y me empujó al lado de
mi hermano acuclillado.
Fue cuando vio el
Seiko negro en mi muñeca y me lo pidió, imperativo. Obviamente se lo di (mi
hermano zafó el suyo bajándose las mangas de la camisa, disimuladamente).
Lo lamenté muchísimo. Era el regalo de mis viejos a
los dieciocho años.
Nunca supe por qué los relojes fueron importantes en
mi vida, de pre-viejo.
Cuando cumplimos 12 años Papá nos regaló a Néstor y a mí,
los Fero Feldman(lo conservo
aún, entre mis recuerdos). Pequeños artefactos de redonda cajita dorada, de
cuadrante blanco (17 rubíes) con malla de cuero que debíamos darle cuerda concienzudamente,
ya que su corona era muy pequeñita. Los lucíamos orgullosos cuando íbamos al
colegio. Regalos muy preciados.
También, relojes que amé fueron los Seiko que recibí, (nunca
compré uno) por legado o herencia. Siempre automáticos, no tenía que darles
cuerda.
Debo confesar que conocí a algunos relojeros y admiraba
la concentración y silencio en su labor. El oficio de relojero es como una
cofradía o logia. Profundamente
secreta, con reglas muy precisas y concretas. Se puede heredar, mas los hijos
no siempre respetan los códigos de sus padres y los resultados de su profesión
no son los esperados por los mayores.
Hoy, después de leer a J. Cortázar en sus
Instrucciones, caí en la cuenta de la importancia de los relojes en mi vida.
Pequeños esclavizadores, se adueñan de tu vida y la
ordenan. Te guste o no. Ese espacio de tiempo que vislumbras cuando miras su
paso por los segmentos pequeños que marcan los minutos, te impulsa a que
inicies esa tarea postergada.
Como cuando veía al abuelo Antonio , que con mucha delicadeza
abría la puertita vidriada del reloj de pared, de caja de roble y cristales
biselados. Tomaba la pequeña mariposa de metal del estante interno y le daba:
una, dos, tres vueltas de cuerda. Luego depositaba suavemente la mariposa y
cerraba la puertita, no sin antes controlar las agujas doradas. Debían
coincidir con las otras, plateadas, del reloj de cadena de su bolsillo
derecho del chaleco. A ese, le daba cuerda, casi sin pensarlo, ensimismado.
Ese era el momento, el de las coincidencias, el que yo
esperaba ansioso, cuando el solemne reloj daba sus campanadas, obediente y
ceremonioso.
Sublime instante de suspendido tiempo , mientras
escuchaba cantar a mi abuela Maruja.
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