sábado, 24 de junio de 2017

Relojes



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Relojes:
Julio Cortázar

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

 

Por el ’76.
Yo no sabía que mi viejo tenía algo de plata escondida. “Un adelanto del laboratorio” nos dijo. Sentí que si no les daba algo, podían pasarla mal mis hermanas o su amiga Clau.
Ni lo pensé, me levanté del suelo y corrí hasta el bawut, donde tenía mis ahorros para pasar la conscripción lo más holgadamente posible, 200 mangos.
Unos de los chorros que me vigilaba, gritó: Ahí va uno!  – El más veterano me agarró con una mano y con la otra me golpeó en la frente con el cañón de la 11,25 y me apoyó la boca de la pistola entre los ojos.
-No va a ser la primera vez que baje a alguien-me sugirió amablemente. Me arrancó los billetes de la mano y me empujó al lado de mi hermano acuclillado.
 Fue cuando vio el Seiko negro en mi muñeca y me lo pidió, imperativo. Obviamente se lo di (mi hermano zafó el suyo bajándose las mangas de la camisa, disimuladamente).
Lo lamenté muchísimo. Era el regalo de mis viejos a los dieciocho años.
Nunca supe por qué los relojes fueron importantes en mi vida, de pre-viejo.
Cuando cumplimos 12 años Papá nos regaló a Néstor y a mí,  los Fero Feldman(lo conservo aún, entre mis recuerdos). Pequeños artefactos de redonda cajita dorada, de cuadrante blanco (17 rubíes) con malla de cuero que debíamos darle cuerda concienzudamente, ya que su corona era muy pequeñita. Los lucíamos orgullosos cuando íbamos al colegio. Regalos muy preciados.
También, relojes que amé fueron los Seiko que recibí, (nunca compré uno) por legado o herencia. Siempre automáticos, no tenía que darles cuerda.
Debo confesar que conocí a algunos relojeros y admiraba la concentración y silencio en su labor. El oficio de relojero es como una cofradía o logia. Profundamente secreta, con reglas muy precisas y concretas. Se puede heredar, mas los hijos no siempre respetan los códigos de sus padres y los resultados de su profesión no son los esperados por los mayores.
Hoy, después de leer a J. Cortázar en sus Instrucciones, caí en la cuenta de la importancia de los relojes en mi vida.
Pequeños esclavizadores, se adueñan de tu vida y la ordenan. Te guste o no. Ese espacio de tiempo que vislumbras cuando miras su paso por los segmentos pequeños que marcan los minutos, te impulsa a que inicies esa tarea postergada.
Como cuando veía al abuelo Antonio , que con mucha delicadeza abría la puertita vidriada del reloj de pared, de caja de roble y cristales biselados. Tomaba la pequeña mariposa de metal del estante interno y le daba: una, dos, tres vueltas de cuerda. Luego depositaba suavemente la mariposa y cerraba la puertita, no sin antes controlar las agujas doradas. Debían coincidir con las otras, plateadas, del reloj de cadena de su bolsillo derecho del chaleco. A ese, le daba cuerda, casi sin pensarlo, ensimismado.
Ese era el momento, el de las coincidencias, el que yo esperaba ansioso, cuando el solemne reloj daba sus campanadas, obediente y ceremonioso.
Sublime instante de suspendido tiempo , mientras escuchaba cantar a mi abuela Maruja.

1 comentario:

  1. Hermoso Pa, después de 32 (casi 33) años creo que recién empiezo a entenderte un poco más...

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