Relojes:
Julio Cortázar
Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda
al reloj
Yo no sabía que mi viejo tenía algo de plata
escondida. “Un adelanto del laboratorio” nos dijo. Sentí que si no les daba algo,
podían pasarla mal mis hermanas o su amiga Clau.
Ni lo pensé, me levanté del suelo y corrí hasta el
bawut, donde tenía mis ahorros para pasar la conscripción lo más holgadamente
posible, 200 mangos.
Unos de los chorros que me vigilaba, gritó: Ahí va uno!
– El más veterano me agarró con una mano
y con la otra me golpeó en la frente con el cañón de la 11,25 y me apoyó la boca de la pistola entre los ojos.
-No va a ser la primera vez que baje a alguien-me
sugirió amablemente. Me arrancó los billetes de la mano y me empujó al lado de
mi hermano acuclillado.
Fue cuando vio el
Seiko negro en mi muñeca y me lo pidió, imperativo. Obviamente se lo di (mi
hermano zafó el suyo bajándose las mangas de la camisa, disimuladamente).
Lo lamenté muchísimo. Era el regalo de mis viejos a
los dieciocho años.
Nunca supe por qué los relojes fueron importantes en
mi vida, de pre-viejo.
Cuando cumplimos 12 años Papá nos regaló a Néstor y a mí,
los Fero Feldman(lo conservo
aún, entre mis recuerdos). Pequeños artefactos de redonda cajita dorada, de
cuadrante blanco (17 rubíes) con malla de cuero que debíamos darle cuerda concienzudamente,
ya que su corona era muy pequeñita. Los lucíamos orgullosos cuando íbamos al
colegio. Regalos muy preciados.
También, relojes que amé fueron los Seiko que recibí, (nunca
compré uno) por legado o herencia. Siempre automáticos, no tenía que darles
cuerda.
Debo confesar que conocí a algunos relojeros y admiraba
la concentración y silencio en su labor. El oficio de relojero es como una
cofradía o logia. Profundamente
secreta, con reglas muy precisas y concretas. Se puede heredar, mas los hijos
no siempre respetan los códigos de sus padres y los resultados de su profesión
no son los esperados por los mayores.
Hoy, después de leer a J. Cortázar en sus
Instrucciones, caí en la cuenta de la importancia de los relojes en mi vida.
Pequeños esclavizadores, se adueñan de tu vida y la
ordenan. Te guste o no. Ese espacio de tiempo que vislumbras cuando miras su
paso por los segmentos pequeños que marcan los minutos, te impulsa a que
inicies esa tarea postergada.
Como cuando veía al abuelo Antonio , que con mucha delicadeza
abría la puertita vidriada del reloj de pared, de caja de roble y cristales
biselados. Tomaba la pequeña mariposa de metal del estante interno y le daba:
una, dos, tres vueltas de cuerda. Luego depositaba suavemente la mariposa y
cerraba la puertita, no sin antes controlar las agujas doradas. Debían
coincidir con las otras, plateadas, del reloj de cadena de su bolsillo
derecho del chaleco. A ese, le daba cuerda, casi sin pensarlo, ensimismado.
Ese era el momento, el de las coincidencias, el que yo
esperaba ansioso, cuando el solemne reloj daba sus campanadas, obediente y
ceremonioso.
Sublime instante de suspendido tiempo , mientras
escuchaba cantar a mi abuela Maruja.
Hermoso Pa, después de 32 (casi 33) años creo que recién empiezo a entenderte un poco más...
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