martes, 27 de junio de 2017

Gonzalo escribiendo japonés

La imagen puede pasar desapercibida si no se le da un contexto.
Una persona escribiendo, prestando atención a la tarea. Pero hete aquí, que no es cualquier persona.
Es uno de mis hijos, Gonzalo. Actor, cantante lírico, profesor de música, estudiante de dirección coral, con una alta facilidad para aprender idiomas. En el momento de la fotografía estaba estudiando japonés. Mas, lo que me invita a citarlo como un ejemplo de lectura, no son sus capacidades histriónicas, sino su alta concentración en la lectura.
Lector apasionado, tiene su propia biblioteca, con clásicos en distintos idiomas.
Lo particular, es su versatilidad de esponja literaria, que desarrolló desde muy temprana edad.
Si elijo esta figura, no es más que por la representación pura de un lector que, más allá de las contingencias para desarrollar su tarea diaria de subsistir, encuentra un espacio para leer un libro por semana. La lectura en él, muy similar a la que me atrapaba a mí, es lo que nos alimenta. A través del tiempo y a pesar de los soportes electrónicos de que dispone, (laptop, iphone, notebook, Smartphone, pc, teclados alternativos, etc.), no cejó en leer. Pero su tarea es ecléctica, pura mixtura de información. Por más que sepa leer una partitura en un pentagrama, necesita reproducir en su teclado midi, una pieza a componer, mezclando el “sonido” del papel con lo electrónico.
La lectura de textos académicos o no, puede representar distintas responsabilidades. Entre ellas la de difundir lo que se aprende. Cuando se arremete con esa hermosa tarea de absorber letras, palabras, signos, se debe como mínimo transmitir parte de lo leído. Es en los diálogos que se producen, las discusiones dónde el razonamiento prevalece, el momento de apoyarse en un discurso leído o una opinión valedera, con fundamentos, es cuando uno se siente realmente rico.
Se ha arribado a un punto, un cross road, dónde debemos elegir: o un libro físico, un teclado de un ordenador o una alternativa más viable. Va de suyo la complementación.
Aldous Huxley en Un Mundo Feliz o George Orwell en 1984, adelantaban algo, muy somero (dada la realidad tan apabullante) sobre cómo iba a seguir la cuestión.
Actualmente el soporte libro físico está permaneciendo más allá de los agoreros, pero es tanto el bombardeo publicitario a favor del soporte electrónico que muchos han sucumbido a la tentación y yo mismo he presenciado cómo se canta en un coro mediante la lectura de una partitura, a partir de una tableta. Confieso que me sentí un dinosaurio. 
Gracias a Galeano, Benedetti, Caparrós, y tantos otros, vale la pena leer.
Y escribir…


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