Hoy los recuerdos me traen otras fotos sepiadas: los cachorros de perro que
criábamos, los pajaritos cordobeses de papá, o el canario amarillo limón del
abuelo, cieguito y de uñas larguísimas, silbador como él sólo.
Lástima de tiempo, si hubiera sabido lo que
era ese lapso, suspiro de sensaciones o soplo de felicidad, no habría apurado
el trago, lo habría caminado distinto. Porque la vida cambia, es ladina y
veleidosa, como el tango La
Mariposa “No es que esté arrepentido, de haberte querido tanto”…
Llegado el momento, todos nos enojamos
alguna vez y lo decimos. Nadie se queda atrás…Hasta mi vieja se quejaba que me
quedaba a comer con mi abuela Maruja (era gallega).
Cuando
volvía a casa encontraba los puchitos que tiraba el abuelo Antonio, en la
bifurcación de los dos caminitos: uno a casa y otro al cuartito verde (refugio/atelier/laboratorio
del abuelo). Los recogíamos con mi hermano Néstor y terminábamos de fumarlos a
escondidas detrás de la ligustrina olorosa de diciembre.
Porque el abuelo además de baterista era el
orfebre de los arreglos cotidianos. Consumado hacedor, carpintero artesano,
mago de gorra, y funge de vez en cuando. Todavía no me explico cómo la ceniza
del pucho, crecía tanto hacia los labios, se marchitaba, caía y él, como si
nada, seguía con su labor de merlinazgo del cuartito verde. Su radio grande,
con madera y tela, dial enorme cantaba las audiciones a través del mosquitero,
pasando por los malvones rojos y calas blancas.
Eran mi coto de caza
preferido. Caminaba descalzo sobre el pasto verde-primavera-antigua, con el
frasco de vidrio en una mano y la tapa en la otra, esperando la abeja. Ó
llegado el otoño, el abuelo podaba el árbol de paraíso de la vereda y armábamos
unas tiendas hermosas; además con las ramas más cortas atrapábamos mariposas
amarillas, que en esos tiempos abundaban como la inocencia, en las siestas de
escapadas o en las mañanas despejadas.