martes, 26 de junio de 2012

Màs recuerdos del espejo


  Hoy los recuerdos me traen otras  fotos sepiadas: los cachorros de perro que criábamos, los pajaritos cordobeses de papá, o el canario amarillo limón del abuelo, cieguito y de uñas larguísimas, silbador como él sólo.
   Lástima de tiempo, si hubiera sabido lo que era ese lapso, suspiro de sensaciones o soplo de felicidad, no habría apurado el trago, lo habría caminado distinto. Porque la vida cambia, es ladina y veleidosa, como el tango La Mariposa “No es que esté arrepentido, de haberte  querido tanto”…
   Llegado el momento, todos nos enojamos alguna vez y lo decimos. Nadie se queda atrás…Hasta mi vieja se quejaba que me quedaba a comer con mi abuela Maruja (era gallega).
   Cuando volvía a casa encontraba los puchitos que tiraba el abuelo Antonio, en la bifurcación de los dos caminitos: uno a casa y otro al cuartito verde (refugio/atelier/laboratorio del abuelo). Los recogíamos con mi hermano Néstor y terminábamos de fumarlos a escondidas detrás de la ligustrina olorosa de diciembre.
   Porque el abuelo además de baterista era el orfebre de los arreglos cotidianos. Consumado hacedor, carpintero artesano, mago de gorra, y funge de vez en cuando. Todavía no me explico cómo la ceniza del pucho, crecía tanto hacia los labios, se marchitaba, caía y él, como si nada, seguía con su labor de merlinazgo del cuartito verde. Su radio grande, con madera y tela, dial enorme cantaba las audiciones a través del mosquitero, pasando por los malvones rojos y calas blancas.
Eran mi coto de caza preferido. Caminaba descalzo sobre el pasto verde-primavera-antigua, con el frasco de vidrio en una mano y la tapa en la otra, esperando la abeja. Ó llegado el otoño, el abuelo podaba el árbol de paraíso de la vereda y armábamos unas tiendas hermosas; además con las ramas más cortas atrapábamos mariposas amarillas, que en esos tiempos abundaban como la inocencia, en las siestas de escapadas o en las mañanas despejadas.

1 comentario:

  1. Veo que lo mío no viene de otra galaxia, que indudablemente la nostalgia y el arrepentimiento es hereditario. Sí, reconozco que viví mis años de chiquito esperando a que llegue el día después, la ansiedad me mata, necesito estar en mañana para ver que va a ser de mi. Y en eso me doy cuenta que dejo ir mis días, esperando los siguientes.
    Tengo miedo Pa, miedo de estar perdiendo vivir por esperar...

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