El pasado en el espejo.
Autor Daniel Horacio
Bustos Sorá.
Mi mujer me dice que tengo que colgar el
espejo. Buena forma de empezar algo. Mirándome en el espejo, como una forma de
puerta grande, introspectiva. Mirando hacia el pasillo-espejo, estoy escuchando
a Bahía Blanca de Di Sarli y me empujaron los recuerdos.
Me
tomaron de la mano y llevaron hasta la calle Montiel, el molino de trigo burgol
del tío Elías. Los recuerdos te llevan aunque vos no quieras. Son los dueños de
tu mundo. Como cuando abríamos la puerta de la alacena umbrosa de la Tía Marta, y aparecían
unos aromas exquisitos. Descendientes de sirio-libaneses hacían de las comidas
un festival del paladar. Me acuerdo de la poca bolilla que le dábamos al tango,
éramos purretes, la nostalgia no había empezado a hacer el nido. Éramos unos
cuantos plumones, nada más y el puñal del tango no era más que “un cuchillito
de punta alfiler” que no nos había tocado con su pesar trágico y somnoliento de
siesta. Entonces nos sacaban a los gritos del patio grande, porque nos comíamos
el trigo caliente y sabroso.
Corríamos
como gorriones. Como los que se espantaban y volvían, cuando la abuela sacudía
el mantel en el patio de su casa de Moreno. Y se escuchaban los tangos en el
victrola del abuelo, cuando no su bandurria; porque el abuelo sabía
noventa-piezas-noventa que solía tocar antaño con el viejito y centenario,
barbudo y sedentario bisabuelo valenciano.
Los tangos se escuchaban aún debajo del patio
sombreado por las uvas y las rosas. Y se veía pasar la tarde por los agujeritos
del emparrillado de madera del frente. A través de él, veía pasar los paisanos
a caballo, común en esa época. Verlos pasar despertaba mi imaginación. Me gustaban
tanto como los del carro del dios Apolo, como el chiquitito y flacucho Azabache
del libro que leía con la rendija de luz que pasaba debajo de la puerta en las
tardes de siesta y ansiedad ó el viejo Rocinante, del más viejo Quijote, que
leí y no entendí en su descomunal verdad-mentira, en su valentía necia y sorda,
pero no menos auténtica. Porque lo leí en la época de la piletita de material,
de las panzadas de uva y ese calor, y el ruido ensordecedor de las chicharras.
Todavía
siento bajo mi desnuda planta, esa rugosa baldosa del patio de la abuela.
¡Cuidado con las gatas peludas! Creo ver aún las verdes y urticantes criaturas,
orugas tempranas de hermosas mariposas que el abuelo coleccionaba cruelmente
atravesadas con alfileres en el tapa-rollo de la ventana de su habitación. O
subir a la terraza y mirar las rosas rojas, rojas desde arriba, porque ellas no
daban importancia a lo de abajo, como las uvas. Ellas eran soleadas,
platónicas, como las gardenias blancas (bah! Jazmines) fragantes. Las uvas no. Eran
lujuriosas bolitas, chorreantes y dulzonas como el vino.
Increíble, ojalá llegue algún día a albergar en mí, imágenes increíbles como estas...!
ResponderEliminarLeerte me trae imágenes a la cabeza que confunden lo propio con lo ajeno.
ResponderEliminarA esta altura creo, de tanto leerte, que vivi tu época Pa...
Me encanta la foto con mi hija Agustina y yo, en la orilla del Lago Gutiérrez, Bariloche.
ResponderEliminarEs hermosa la foto Pa
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