Viendo una venerable
foto de unos treinta y ocho años, se me acaban de aparecer más imágenes. En esa
foto en blanco y negro estamos Carlos, Alfredo y yo. La sacó Huguito, por eso
no se encuentra en ella. Fue en el viaje de egresados (cuatro) que hicimos en
el ’74. Para nosotros fue una epopeya, sobre todo para mí que fui con muy poca
guita. Impresionante la despedida de mis viejitos. Se iba el nene. El tren
partió de Constitución y tardamos 48 hs en llegar. (40 hs. al regreso)
Llevábamos un pan dulce
casero que nos había hecho Pelusa (mamá de Carlos).
El viaje en sí fue una
real travesía. Polvo, sed. No sabíamos cómo sentarnos. Hubo que tirar un pollo rostizado
que se echó a perder. Conocimos gente de todo tipo.
Habíamos alquilado una “cabañita” al abuelo
nazi-refugiado de un amigo. El hombre vivía con una mapuche de unos 40
(cuarenta) años menos.
Era una prefabricada de
doble pared aislada, muy elemental pero cómoda. Al costado de la entrada tenía
un medio tanque, en el que acumulaba el agua que bajaba del cerro, y al costado
de ese improvisado recipiente crecía una planta espinosa de una hermosa flor, rosa mosqueta, con la cual la aborigen
preparaba dulce.
Nos repartimos las camas y empezó la aventura
para nosotros. Para ir a la villa había que caminar a Bustillo, como diez
cuadras en bajada (a la vuelta había que subirlas!), y allí hacíamos dedo o
tomábamos algún bondi. Nuestra joda fue durante 15 días, bajar a Bariloche y
vagar. Nuestro alimento generalmente era paté
de foie que nos habíamos provisto en cantidades industriales. No sabíamos
cocinar mucho, realmente unos prodigios.
En esa foto habíamos
emprendido la idea de subir el cerro Otto, en el que estaba instalando el
funicular una compañía suiza. Cuando lo subimos nos costó un grandísimo
esfuerzo; pero al llegar arriba, fue una experiencia que la foto no hace
justicia. Al bajar el cerro, lo hacíamos mirando dónde pisábamos y cuidando de
no rompernos la crisma. Cuál no sería la sorpresa cuando nos pasan dos técnicos
de la instalación a las zancadas mirando hacia el cable sin mirar dónde
pisaban. Nos sacaron medio cerro en media hora. Fue toda una experiencia.
Pero lo que realmente
me hizo amar el sur, ha sido la fortuna de contar con un amigo, Carlitos, que
me propuso que lo acompañara más al Sur. Obviamente me prestó la plata para que
lo acompañara al Lago Espejo. Fue ahí la verdadera aventura para mí. Hicimos
dedo hasta que nos llevaron hasta La Angostura, que no era más que unas casitas
(nada que ver con lo que es ahora) y allí nos recogieron
unos seminaristas que llevaban a un obispo al complejo que tenía la orden salesiana
en el Lago Espejo. Cuando llegamos, no podíamos creer lo que veíamos. Sin
palabras más que BELLEZA. Nos alojaron en una cabañita junto con el chofer del
micro y su recién desposada.
Fueron dos días que
disfruté muchísimo. Caminaba y levantaba las frutillas del pasto e iba
comiéndolas.
En el muelle, que se
encontraba en una pequeña bahía, había unas improvisadas naves que consistían
en dos troncos de cipreses fuertemente sujetos que nos servían como canoas
improvisadas y en las cuales bordeábamos la costa del lago y mirábamos el
paisaje silente.Un silencio sólo roto
por nuestros gritos al jugar con los remos y arrojarnos agua.
En este momento me cuesta encontrar las palabras justas para
describir lo que vi y aún no puedo olvidar: los bosques sumergidos, árboles que
crecían hacia nosotros y querían tocar nuestros pies desnudos y ateridos de
frio. Enormes cipreses, coihués o ñires que se
veían como una foto al revés.
También hicimos una
excursión al límite con Chile, donde paramos a tomar un mate cocido con galleta.
Ahí fue mi segunda experiencia con esos bosques maravillosos. Nos introdujimos en
los matorrales al costado del improvisadoVivouac y empezamos a
sortear y saltar y pasar por debajo de cañas de coligüe hasta llegar a un
cañadón donde dormitaban otros árboles gigantes volteados por poderosas
tormentas que los aplastaron como el pasto bajo nuestros pies. Vimos,
desalentados, que había marcas de que alguien, nos había señalado el lugar
hacia dónde ir.
Esas imágenes no se me
borran más de mi cabeza, como tampoco la enorme acción de un amigo que quiso
que compartiera con él, esa imborrable experiencia.
Gracias Carlitos.
