viernes, 20 de julio de 2012

Bariloche 1974


Viendo una venerable foto de unos treinta y ocho años, se me acaban de aparecer más imágenes. En esa foto en blanco y negro estamos Carlos, Alfredo y yo. La sacó Huguito, por eso no se encuentra en ella. Fue en el viaje de egresados (cuatro) que hicimos en el ’74. Para nosotros fue una epopeya, sobre todo para mí que fui con muy poca guita. Impresionante la despedida de mis viejitos. Se iba el nene. El tren partió de Constitución y tardamos 48 hs en llegar. (40 hs. al regreso)
Llevábamos un pan dulce casero que nos había hecho Pelusa (mamá de Carlos).
El viaje en sí fue una real travesía. Polvo, sed. No sabíamos cómo sentarnos. Hubo que tirar un pollo rostizado que se echó a perder. Conocimos gente de todo tipo.
 Habíamos alquilado una “cabañita” al abuelo nazi-refugiado de un amigo. El hombre vivía con una mapuche de unos 40 (cuarenta) años menos.
Era una prefabricada de doble pared aislada, muy elemental pero cómoda. Al costado de la entrada tenía un medio tanque, en el que acumulaba el agua que bajaba del cerro, y al costado de ese improvisado recipiente crecía una planta espinosa de una hermosa flor, rosa mosqueta, con la cual la aborigen preparaba dulce.  
 Nos repartimos las camas y empezó la aventura para nosotros. Para ir a la villa había que caminar a Bustillo, como diez cuadras en bajada (a la vuelta había que subirlas!), y allí hacíamos dedo o tomábamos algún bondi. Nuestra joda fue durante 15 días, bajar a Bariloche y vagar. Nuestro alimento generalmente era paté de foie que nos habíamos provisto en cantidades industriales. No sabíamos cocinar mucho, realmente unos prodigios.
En esa foto habíamos emprendido la idea de subir el cerro Otto, en el que estaba instalando el funicular una compañía suiza. Cuando lo subimos nos costó un grandísimo esfuerzo; pero al llegar arriba, fue una experiencia que la foto no hace justicia. Al bajar el cerro, lo hacíamos mirando dónde pisábamos y cuidando de no rompernos la crisma. Cuál no sería la sorpresa cuando nos pasan dos técnicos de la instalación a las zancadas mirando hacia el cable sin mirar dónde pisaban. Nos sacaron medio cerro en media hora. Fue toda una experiencia.
Pero lo que realmente me hizo amar el sur, ha sido la fortuna de contar con un amigo, Carlitos, que me propuso que lo acompañara más al Sur. Obviamente me prestó la plata para que lo acompañara al Lago Espejo. Fue ahí la verdadera aventura para mí. Hicimos dedo hasta que nos llevaron hasta La Angostura, que no era más que unas casitas (nada que ver con lo que es ahora) y allí nos recogieron unos seminaristas que llevaban a un obispo al complejo que tenía la orden salesiana en el Lago Espejo. Cuando llegamos, no podíamos creer lo que veíamos. Sin palabras más que BELLEZA. Nos alojaron en una cabañita junto con el chofer del micro y su recién desposada.
Fueron dos días que disfruté muchísimo. Caminaba y levantaba las frutillas del pasto e iba comiéndolas.
En el muelle, que se encontraba en una pequeña bahía, había unas improvisadas naves que consistían en dos troncos de cipreses fuertemente sujetos que nos servían como canoas improvisadas y en las cuales bordeábamos la costa del lago y mirábamos el paisaje silente.Un silencio sólo roto por nuestros gritos al jugar con los remos y arrojarnos agua.
En este momento me cuesta encontrar las palabras justas para describir lo que vi y aún no puedo olvidar: los bosques sumergidos, árboles que crecían hacia nosotros y querían tocar nuestros pies desnudos y ateridos de frio. Enormes cipreses, coihués o ñires que se veían como una foto al revés.
También hicimos una excursión al límite con Chile, donde paramos a tomar un mate cocido con galleta. Ahí fue mi segunda experiencia con esos bosques maravillosos. Nos introdujimos en los matorrales al costado del improvisadoVivouac y empezamos a sortear y saltar y pasar por debajo de cañas de coligüe hasta llegar a un cañadón donde dormitaban otros árboles gigantes volteados por poderosas tormentas que los aplastaron como el pasto bajo nuestros pies. Vimos, desalentados, que había marcas de que alguien, nos había señalado el lugar hacia dónde ir.
Esas imágenes no se me borran más de mi cabeza, como tampoco la enorme acción de un amigo que quiso que compartiera con él, esa imborrable experiencia.
Gracias Carlitos.

1 comentario: