La
otra Cuenca:
Cuando mi hijo Daniel me regaló el libro de Arlt, Juguete Rabioso,
nunca me imaginé hablando de don Roberto.
Fue en esa ocasión que me contó que me parecía al personaje del libro,
Astier.
Yo ya le había relatado a mi hijo que, hace muchos años, había visto
al fantasma de mi hermana Nelsita por la calle Cuenca.
Andando en la bici por Bacacay, doblo en Cuenca y ahí la vi, la
primera vez. O a mí me pareció.
Quedé perplejamente asustado.
Nelsita era la tercera hija de mis padres, después nací yo.
Era un sol para mi vieja, de chiquita era muy despierta. Muy vivaz y
alegre.
Con su figurita esbelta, de pelo enrulado y ojos color miel, era la
luz de mamá. Contestaba con dulzura y atención a las preguntas de papá.
A los seis años falleció, abrupta. Definitivamente?
Quedó un vacío enorme en la casona de la calle Mozart, en Floresta.
Con los años llegamos yo, Nelsa y Adelma. No fué lo mismo.
Mamá no se recuperó y papá tampoco. Por eso hube de salir a laburar a
los catorce, para que mis hermanitas terminaran sus estudios en el colegio de
monjas.
Harina de otro costal.
Cuando trabajaba a los catorce años en Mapin & Webb, la joyería de
la Calle Florida, me mandaban con la bicicleta a los lugares más lejanos. Era
más rápido que los tranvías. Además, en ese local la conocí a la Eva, nos vino
a visitar porque le habían hablado de un collar de esmeraldas que después le
regalaron.
En tantos viajes con la bici por Cuenca hacia la avenida Beiró, me
encontré con ella, Nelsita, que me sonreía.
Me quedé alelado.
Fué en esa esquina que sentí que me tocaban el brazo. Giré mi cabeza,
aún montado en mi vieja rodado 28, y ahí estaba un sujeto enjuto de traje
paisano y sombrero raído.
Me encaró y me preguntó:
-Vió lo que vi yo? Era una chiquilla o una aparecida?
Yo no sabía si sonreír o salir corriendo.
-Soy Roberto, Roberto Arlt. Mucho gusto don…?- me preguntó, tendiendo
su mano.
-Me llamo Rubén, Rubén Bustos Sorá – contesté, estrechándosela.
-Pero che, vió o no esa cosa? No me joda, notó cómo flotaba?
-Sí, sí, la vengo viendo hace unos días, por eso vengo por acá. Para
mí es mi hermana finadita Nelsita – contesté en un susurro, con mis piernas
sosteniendo, apenas, la bicicleta.
Desmonté de ella y llevándola de costado, caminé con este sujeto hacia
San Martín. Seguíamos ese efluvio etéreo, maravilloso y fascinante.
Cavilando, como abstraído, Roberto me detiene y ladeando la cabeza me
pregunta:
-Usted, no tiene nada que ver con Silvio Astier? No será pariente, no?
-No que yo sepa, quién es? - contesté cada vez más extrañado con este
sujeto.
-Es que son tan parecidos…Yo ya lo describí a él, como a usted, en mis hojas y ahora me lo encuentro
acá, así. Es tal cual, flaquito, pelirrojo, pecoso. Tiene un aire como de
alquimista, ¿le gusta la química?
-No sé-contesté apenas - hice hasta tercer año en el Mariano Moreno.
No vimos química.
Yo lo miraba demudado a través de mis anteojos de culo de botella. No
sabía si seguir a mi amada hermana o quedarme hablando con Roberto.
Mientras hablábamos, seguíamos la volátil estela hacia Pareja; fué
cuando ella se detuvo y mirándome, agitó su manito y desapareció, fundiéndose
con las hojas pardas de los plátanos de la calle Cuenca.
Roberto y yo nos quedamos quietos, expectantes.
Arlt me tocó el hombro espabilándome y mirándome con esos ojos tan
oscuros.
-Che, usted si quiere quedesé. Yo me vuelvo a casa. No sea cosa que se
aparezca de golpe. Me hago encima.
Y dando media vuelta, se fué caminando despacio por Cuenca hacia
abajo.
Ese episodio nunca se lo conté a nadie. Hasta ahora que mi hijo me
regala este libro.
Después de tenerlo en la mesita de luz y luego de un tiempo me decidí
a leerlo. Me alegré de ello.
En el libro descubrí por qué me lo encontré a Roberto.
Él era afecto a recorrer esas calles adoquinadas de Flores y Villa del
Parque. Calles con casas de galerías perfumadas y gente tomando mate en los
zaguanes.
Sería por eso, también, que mi hermanita volvía.
Quería hacer de vuelta el camino a la placita de Pareja y Helguera,
con mamá de la mano. Atisbándola en su tristeza infinita.
A Roberto Arlt nunca más me lo crucé, fué también la última ocasión
que vi el efluvio amado.
Daniel me había advertido, que yo tenía mucho parecido a Arlt.
Lo único que me unió a ese hombre fue esa imagen etérea caminando por
la calle Cuenca.
Ps: inspirado en hechos reales.