sábado, 11 de abril de 2026

 Mateando             16/2/2023

Cómo yo entiendo al mate?

Para mí no es sólo una infusión. Más que eso, es una gran representación de amor.

Cuando uno piensa en el mate se prepara para una fiesta del sabor, del gusto, de la visión, del tacto y del aroma.

El mate representa mucho más que el simple hecho de succionar una mezcla de sabores a través de una bombilla. 

Puede hacerse ritual o mera costumbre.

Suele tornarse llave de una tarea, una conversación o simple recompensa luego de un largo trabajo.

Yo lo asimilo al amor. De esos viejos amores, con agradables perfumes reconocibles, amables, confortables.

Cuando voy preparando los ingredientes, los utensilios, voy imaginando el paso siguiente, como cuando el encuentro con mi amada.

El mate, receptáculo de yerba (y eventual miel?) y agua, debe estar seco y limpio, como cuando uno emprende una conquista.

El agua debe tener la temperatura justa, ni más ni menos caliente, como cuando uno abraza al ser querido. Un abrazo que nos haga sentir amado y que haga sentir el amor al otro.

La bombilla limpia por dentro y por fuera, como mi garganta que despide mi voz, las palabras pretendidamente justas, sin halagos desmedidos ni lisonjas infundadas.

Cuando relleno el mate con la yerba lo hago hasta la mitad, sé que si elegí bien la yerba, el agua hará crecer su tamaño. 

Como así también en el amor.

Dejemos que el tiempo haga el trabajo del agua y produzca la milagrosa labor de espumar los sentidos expectantes, adormilados, que crecerán en nuestra relación.

Correré la yerba dentro del mate, dejando el lugar a la bombilla.

Un rinconcito, una pequeña esquina en el profundo y diminuto mundo redondo y hueco.

Represento así el ámbito de la coexistencia. Sin demasiados rincones, ni tampoco escasos. Que sean reconocibles, donde transitaremos ambos, rozándonos como la amarga yerba y la dulce miel.

El agua irá llenando el termo en la medida justa y entonces se producirá el cotidiano milagro, el gigantesco ritual y minimalista ceremonial de compartir el mate, de conectarnos al amor.

La bombilla se tornará muda telaraña que nos haga sentir nuestros.

El agua será vertida despacio, muy lento, para no ahogar nuestro amor.

…y de a poco el recipiente dará sus frutos.

No debe apurarse el trago. Como la pasión, debe transitarse sintiendo cada trago, cada trasiego del agua sustantiva y adjetivada, como si fuera la última o la primera vez del encuentro amoroso.

Y entonces llega el tiempo de mantener el amor, perdón, el mate, lo más completo posible.


Turbonada, ,

Turbonada 

Ángel tenía frío en las piernas. Raro, porque desde que vivían en Puelo, había dejado de tener frío. 
Miró alrededor suyo y volvió a fijar la vista en la casa que estaban construyendo en el terreno de al lado.
Ya habían notado con Paulina que era muy grande, de dos plantas, totalmente de madera.
Su construcción fue algo accidentada interviniendo varios constructores. 
Hubo algunos incidentes, durante la misma, como la caída de una pared de los baños, que de milagro no aplastó a un albañil.
Se la veía como enclenque, frágil. De paredes pintadas de un marrón oscuro, de aspecto lúgubre.
Su dueño, buen vecino, algo confiado en los que la levantaron, se quejaba amargamente de su suerte.
Ángel recordaba la vez que Paulina le mostraba como clavaban negligentemente las chapas del techo.
Pero bueno, era un buen vecino. Él estaba para otra cosa. No para criticar.
Ahora se empeñaba en sujetar los plásticos que cubrían los bancales construidos con palletes, para poder cultivar en ese terreno con tan poca tierra fértil; preciosos depósitos con bordes de madera que cobijaban hortalizas. Presentes y futuras muestras de la prodigalidad de la poca tierra agregada con abono diverso.
Prodigalidad acrecentada por Paulina con sus dotes de dedos verdes.
La turbonada había soltado las tiras que sujetaban los plásticos, instándolos a que la siguieran en su deriva hacia el lago.
El hombre sintió la fuerza de la lluvia empujada por el fuerte viento en el rostro, mientras la humedad pegaba la ropa a su cuerpo. 
Sintió un escalofrío. Mientras, aterido, sujetaba el plástico resbaladizo sintió que sus manos habían perdido fuerza.
-Me estoy volviendo viejo muy rápido- pensó.
El frío en sus piernas aumentó y la humedad se tornó viscosa.
Sintió un gigantesco cansancio.
Se acordó de sus hijos y se extrañó no saber nada de ellos.
-Los volveré a ver?- se preguntó.
La turbonada aumentaba y su bramido era temerario.
El hombre percibió su debilidad y se sentó, apoyando su espalda empapada contra el lateral del bancal.
-Ya está, así es mejor- musitó para sus adentros.
El cansancio, la debilidad y esa viscosidad lo envolvían como una frazada.
De pronto empezó a tomar precisa conciencia de su estado cuando en otro ramalazo de escalofrío, se palpó el costado del pecho y notó el trozo de metal de chapa del techo vecino, incrustado en el plexo.
Ahora su debilidad fue tal que ya no pudo ni llamar a Paulina.
Fue cuando se preguntó: -Es así? Así es como me muero?
La última imagen fue para Paulina en esa foto con los hijos en el Lago Puelo.