Turbonada
Ángel tenía frío en las piernas. Raro, porque desde que vivían en Puelo, había dejado de tener frío.
Miró alrededor suyo y volvió a fijar la vista en la casa que estaban construyendo en el terreno de al lado.
Ya habían notado con Paulina que era muy grande, de dos plantas, totalmente de madera.
Su construcción fue algo accidentada interviniendo varios constructores.
Hubo algunos incidentes, durante la misma, como la caída de una pared de los baños, que de milagro no aplastó a un albañil.
Se la veía como enclenque, frágil. De paredes pintadas de un marrón oscuro, de aspecto lúgubre.
Su dueño, buen vecino, algo confiado en los que la levantaron, se quejaba amargamente de su suerte.
Ángel recordaba la vez que Paulina le mostraba como clavaban negligentemente las chapas del techo.
Pero bueno, era un buen vecino. Él estaba para otra cosa. No para criticar.
Ahora se empeñaba en sujetar los plásticos que cubrían los bancales construidos con palletes, para poder cultivar en ese terreno con tan poca tierra fértil; preciosos depósitos con bordes de madera que cobijaban hortalizas. Presentes y futuras muestras de la prodigalidad de la poca tierra agregada con abono diverso.
Prodigalidad acrecentada por Paulina con sus dotes de dedos verdes.
La turbonada había soltado las tiras que sujetaban los plásticos, instándolos a que la siguieran en su deriva hacia el lago.
El hombre sintió la fuerza de la lluvia empujada por el fuerte viento en el rostro, mientras la humedad pegaba la ropa a su cuerpo.
Sintió un escalofrío. Mientras, aterido, sujetaba el plástico resbaladizo sintió que sus manos habían perdido fuerza.
-Me estoy volviendo viejo muy rápido- pensó.
El frío en sus piernas aumentó y la humedad se tornó viscosa.
Sintió un gigantesco cansancio.
Se acordó de sus hijos y se extrañó no saber nada de ellos.
-Los volveré a ver?- se preguntó.
La turbonada aumentaba y su bramido era temerario.
El hombre percibió su debilidad y se sentó, apoyando su espalda empapada contra el lateral del bancal.
-Ya está, así es mejor- musitó para sus adentros.
El cansancio, la debilidad y esa viscosidad lo envolvían como una frazada.
De pronto empezó a tomar precisa conciencia de su estado cuando en otro ramalazo de escalofrío, se palpó el costado del pecho y notó el trozo de metal de chapa del techo vecino, incrustado en el plexo.
Ahora su debilidad fue tal que ya no pudo ni llamar a Paulina.
Fue cuando se preguntó: -Es así? Así es como me muero?
La última imagen fue para Paulina en esa foto con los hijos en el Lago Puelo.
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