sábado, 11 de abril de 2026

 Mateando             16/2/2023

Cómo yo entiendo al mate?

Para mí no es sólo una infusión. Más que eso, es una gran representación de amor.

Cuando uno piensa en el mate se prepara para una fiesta del sabor, del gusto, de la visión, del tacto y del aroma.

El mate representa mucho más que el simple hecho de succionar una mezcla de sabores a través de una bombilla. 

Puede hacerse ritual o mera costumbre.

Suele tornarse llave de una tarea, una conversación o simple recompensa luego de un largo trabajo.

Yo lo asimilo al amor. De esos viejos amores, con agradables perfumes reconocibles, amables, confortables.

Cuando voy preparando los ingredientes, los utensilios, voy imaginando el paso siguiente, como cuando el encuentro con mi amada.

El mate, receptáculo de yerba (y eventual miel?) y agua, debe estar seco y limpio, como cuando uno emprende una conquista.

El agua debe tener la temperatura justa, ni más ni menos caliente, como cuando uno abraza al ser querido. Un abrazo que nos haga sentir amado y que haga sentir el amor al otro.

La bombilla limpia por dentro y por fuera, como mi garganta que despide mi voz, las palabras pretendidamente justas, sin halagos desmedidos ni lisonjas infundadas.

Cuando relleno el mate con la yerba lo hago hasta la mitad, sé que si elegí bien la yerba, el agua hará crecer su tamaño. 

Como así también en el amor.

Dejemos que el tiempo haga el trabajo del agua y produzca la milagrosa labor de espumar los sentidos expectantes, adormilados, que crecerán en nuestra relación.

Correré la yerba dentro del mate, dejando el lugar a la bombilla.

Un rinconcito, una pequeña esquina en el profundo y diminuto mundo redondo y hueco.

Represento así el ámbito de la coexistencia. Sin demasiados rincones, ni tampoco escasos. Que sean reconocibles, donde transitaremos ambos, rozándonos como la amarga yerba y la dulce miel.

El agua irá llenando el termo en la medida justa y entonces se producirá el cotidiano milagro, el gigantesco ritual y minimalista ceremonial de compartir el mate, de conectarnos al amor.

La bombilla se tornará muda telaraña que nos haga sentir nuestros.

El agua será vertida despacio, muy lento, para no ahogar nuestro amor.

…y de a poco el recipiente dará sus frutos.

No debe apurarse el trago. Como la pasión, debe transitarse sintiendo cada trago, cada trasiego del agua sustantiva y adjetivada, como si fuera la última o la primera vez del encuentro amoroso.

Y entonces llega el tiempo de mantener el amor, perdón, el mate, lo más completo posible.


Turbonada, ,

Turbonada 

Ángel tenía frío en las piernas. Raro, porque desde que vivían en Puelo, había dejado de tener frío. 
Miró alrededor suyo y volvió a fijar la vista en la casa que estaban construyendo en el terreno de al lado.
Ya habían notado con Paulina que era muy grande, de dos plantas, totalmente de madera.
Su construcción fue algo accidentada interviniendo varios constructores. 
Hubo algunos incidentes, durante la misma, como la caída de una pared de los baños, que de milagro no aplastó a un albañil.
Se la veía como enclenque, frágil. De paredes pintadas de un marrón oscuro, de aspecto lúgubre.
Su dueño, buen vecino, algo confiado en los que la levantaron, se quejaba amargamente de su suerte.
Ángel recordaba la vez que Paulina le mostraba como clavaban negligentemente las chapas del techo.
Pero bueno, era un buen vecino. Él estaba para otra cosa. No para criticar.
Ahora se empeñaba en sujetar los plásticos que cubrían los bancales construidos con palletes, para poder cultivar en ese terreno con tan poca tierra fértil; preciosos depósitos con bordes de madera que cobijaban hortalizas. Presentes y futuras muestras de la prodigalidad de la poca tierra agregada con abono diverso.
Prodigalidad acrecentada por Paulina con sus dotes de dedos verdes.
La turbonada había soltado las tiras que sujetaban los plásticos, instándolos a que la siguieran en su deriva hacia el lago.
El hombre sintió la fuerza de la lluvia empujada por el fuerte viento en el rostro, mientras la humedad pegaba la ropa a su cuerpo. 
Sintió un escalofrío. Mientras, aterido, sujetaba el plástico resbaladizo sintió que sus manos habían perdido fuerza.
-Me estoy volviendo viejo muy rápido- pensó.
El frío en sus piernas aumentó y la humedad se tornó viscosa.
Sintió un gigantesco cansancio.
Se acordó de sus hijos y se extrañó no saber nada de ellos.
-Los volveré a ver?- se preguntó.
La turbonada aumentaba y su bramido era temerario.
El hombre percibió su debilidad y se sentó, apoyando su espalda empapada contra el lateral del bancal.
-Ya está, así es mejor- musitó para sus adentros.
El cansancio, la debilidad y esa viscosidad lo envolvían como una frazada.
De pronto empezó a tomar precisa conciencia de su estado cuando en otro ramalazo de escalofrío, se palpó el costado del pecho y notó el trozo de metal de chapa del techo vecino, incrustado en el plexo.
Ahora su debilidad fue tal que ya no pudo ni llamar a Paulina.
Fue cuando se preguntó: -Es así? Así es como me muero?
La última imagen fue para Paulina en esa foto con los hijos en el Lago Puelo.

martes, 4 de junio de 2024

La otra Cuenca

 

La otra Cuenca:

Cuando mi hijo Daniel me regaló el libro de Arlt, Juguete Rabioso, nunca me imaginé hablando de don Roberto.

Fue en esa ocasión que me contó que me parecía al personaje del libro, Astier.

Yo ya le había relatado a mi hijo que, hace muchos años, había visto al fantasma de mi hermana Nelsita por la calle Cuenca.

Andando en la bici por Bacacay, doblo en Cuenca y ahí la vi, la primera vez. O a mí me pareció.

Quedé perplejamente asustado.

Nelsita era la tercera hija de mis padres, después nací yo.

Era un sol para mi vieja, de chiquita era muy despierta. Muy vivaz y alegre.

Con su figurita esbelta, de pelo enrulado y ojos color miel, era la luz de mamá. Contestaba con dulzura y atención a las preguntas de papá.

A los seis años falleció, abrupta. Definitivamente?

Quedó un vacío enorme en la casona de la calle Mozart, en Floresta.

Con los años llegamos yo, Nelsa y Adelma. No fué lo mismo.

Mamá no se recuperó y papá tampoco. Por eso hube de salir a laburar a los catorce, para que mis hermanitas terminaran sus estudios en el colegio de monjas.

Harina de otro costal.

Cuando trabajaba a los catorce años en Mapin & Webb, la joyería de la Calle Florida, me mandaban con la bicicleta a los lugares más lejanos. Era más rápido que los tranvías. Además, en ese local la conocí a la Eva, nos vino a visitar porque le habían hablado de un collar de esmeraldas que después le regalaron.

En tantos viajes con la bici por Cuenca hacia la avenida Beiró, me encontré con ella, Nelsita, que me sonreía.

Me quedé alelado.

Fué en esa esquina que sentí que me tocaban el brazo. Giré mi cabeza, aún montado en mi vieja rodado 28, y ahí estaba un sujeto enjuto de traje paisano y sombrero raído.

Me encaró y me preguntó:

-Vió lo que vi yo? Era una chiquilla o una aparecida?

Yo no sabía si sonreír o salir corriendo.

-Soy Roberto, Roberto Arlt. Mucho gusto don…?- me preguntó, tendiendo su mano.

-Me llamo Rubén, Rubén Bustos Sorá – contesté, estrechándosela.

-Pero che, vió o no esa cosa? No me joda, notó cómo flotaba?

-Sí, sí, la vengo viendo hace unos días, por eso vengo por acá. Para mí es mi hermana finadita Nelsita – contesté en un susurro, con mis piernas sosteniendo, apenas, la bicicleta.

Desmonté de ella y llevándola de costado, caminé con este sujeto hacia San Martín. Seguíamos ese efluvio etéreo, maravilloso y fascinante.

Cavilando, como abstraído, Roberto me detiene y ladeando la cabeza me pregunta:

-Usted, no tiene nada que ver con Silvio Astier? No será pariente, no?

-No que yo sepa, quién es? - contesté cada vez más extrañado con este sujeto.

-Es que son tan parecidos…Yo ya lo describí a él,  como a  usted, en mis hojas y ahora me lo encuentro acá, así. Es tal cual, flaquito, pelirrojo, pecoso. Tiene un aire como de alquimista, ¿le gusta la química?

-No sé-contesté apenas - hice hasta tercer año en el Mariano Moreno. No vimos química.

Yo lo miraba demudado a través de mis anteojos de culo de botella. No sabía si seguir a mi amada hermana o quedarme hablando con Roberto.

Mientras hablábamos, seguíamos la volátil estela hacia Pareja; fué cuando ella se detuvo y mirándome, agitó su manito y desapareció, fundiéndose con las hojas pardas de los plátanos de la calle Cuenca.

Roberto y yo nos quedamos quietos, expectantes.

Arlt me tocó el hombro espabilándome y mirándome con esos ojos tan oscuros.

-Che, usted si quiere quedesé. Yo me vuelvo a casa. No sea cosa que se aparezca de golpe. Me hago encima.

Y dando media vuelta, se fué caminando despacio por Cuenca hacia abajo.

Ese episodio nunca se lo conté a nadie. Hasta ahora que mi hijo me regala este libro.

Después de tenerlo en la mesita de luz y luego de un tiempo me decidí a leerlo. Me alegré de ello.

En el libro descubrí por qué me lo encontré a Roberto.

Él era afecto a recorrer esas calles adoquinadas de Flores y Villa del Parque. Calles con casas de galerías perfumadas y gente tomando mate en los zaguanes.

Sería por eso, también, que mi hermanita volvía.

Quería hacer de vuelta el camino a la placita de Pareja y Helguera, con mamá de la mano. Atisbándola en su tristeza infinita.

A Roberto Arlt nunca más me lo crucé, fué también la última ocasión que vi el efluvio amado.

Daniel me había advertido, que yo tenía mucho parecido a Arlt.

Lo único que me unió a ese hombre fue esa imagen etérea caminando por la calle Cuenca.

 

 

Ps: inspirado en hechos reales.

lunes, 20 de mayo de 2024

Quintupuray

 

Quintupuray

Cuando nos vinimos al sur, mi esposa Mirta arribó sola tres meses antes, aceptando un cargo de docente de maestras en Epuyén.

Habiéndose jubilado, estudiaba psicología en la UBA, carrera que abandonó y había deseado estudiar de muy joven.

Ella me preguntó:

- Vos querías vivir en el sur, no? bueno, vamos.

Después de recorrer con mi primogénito, habitante de la comarca, muchas viviendas para alquilar, en el único lugar donde nos aceptaban con nuestro amado perro Yenú, fue en una chacra en Villa Turismo.

Nos instalamos mudando algo de la antigua casa en Moreno, Bs. As., quedándose dos hijos nuestros en ella.

Nuestro nuevo hogar estaba en el anteúltimo callejón, previo al Cerro Piltriquitrón. Muuuy arriba.

Dentro de descuidadas, salvajes, dos hectáreas, estaba la casona compartiendo el espacio con dos pequeñas cabañitas.

Se trataba de una antigua alpina de tres pisos con un enorme techo de tejuelas de alerce alquitranado, soportado por cabios descartados de algún antiguo lupular.

El piso inferior era de buena pinotea, de amplios espacios con la pequeña cocina y un generoso estar.

Un pequeño baño junto al comienzo de la escalera de madera muy angosta (que aseguré en su momento con una baranda) servía de toilette.

Subiendo se encontraban tres dormitorios con un amplio balcón y otro baño más generoso en dimensiones.

En la parte superior, la bohardilla

Todo enmarcado con una antigua y hermosa boiserie de machimbre de radal.

Contaba además con una amplia estufa de piedra, con su chimenea; la cual no utilizamos nunca debido a una advertencia que nos habían hecho acerca del uso habitual de leña de pino, que posiblemente hubiese dejado restos de resina adherida en el tiraje que provocaría un evitable incendio.

Habiendo sido construida sobre un enorme mallín, corrían a sus costados sangrías de agua, excavadas a tal fin.

Fue en ese lugar que conocí el verdadero motivo de mi destino en el Sur Argentino.

La vegetación exuberante reunía las flores más hermosas que jamás hubiera imaginado.

Los ubérrimos árboles  pródigos en frutos y foliación, me dejaban sin aliento, superando con creces todas nuestras expectativas botánicas.

Decididamente fueron los cuatro años más bucólicos que vivimos.

En esos cuatro años recibimos muchísimas visitantes, testigos asombrados de nuestra nueva vida.

Algunos reiteraban sus viajes hacia nuestro hogar desde lugares remotos, maravillados como nosotros del entorno natural.

Llegamos a tener en nuestro hogar un campeonato nocturno de truco con ¡dieciséis personas!

Con el tiempo nos enteramos que en esa casa, antiguamente se habían desarrollado algunas de las más extensas, ruidosas y alocadas fiestas de la Comarca.

No nos importaba, éramos duramente felices.

No faltaban nevadas copiosas, densísimas brumas y calores agobiantes.

Vivir alejado de la ciudad, tenía sus contraindicaciones.

Disfrutamos cosechando manzanas, membrillos, frutillas, cerezas, guindas que crecían abundantes.

Hicimos una enorme quinta y un invernáculo (mi primer invernáculo!) generoso y gratificante, que soportó copiosas nevadas. Todo con nuestras propias manos.

Un desafío enorme para nosotros, habitantes del conurbano bonaerense.

La soledad fué nuestra maestra. Nunca habíamos vivido en un entorno tan ásperamente hermoso.

Aprendimos a valernos por nosotros mismos, como si fuera una larga luna de miel.

Tuvimos que tomar la decisión de vender nuestra casa en Moreno, ya que nuestros hijos tomarían nuevos rumbos, y construir en otro ambiente diferente y mucho más despojado.

Al instalarnos en el nuevo hogar, empezamos a sentir mucha nostalgia de esa gigante casa, tan acogedoramente buena anfitriona.

Muchos de nuestros antiguos visitantes, asiduos contertulios, dejaron de alojarse en el nuevo hogar.

Sería por lo llano? Quizás por lo pequeño?

Extrañando ese atrayente espacio, nos dedicamos otra vez a comenzar de cero el nuevo nido.

A los dos años de estar viviendo en ese otro lugar, supimos que esa casona querible había sufrido un incendio que la consumió hasta los cimientos. Muy posiblemente usando esa estufa que evitamos encender.

Cada tanto subimos por ese callejón para tratar de atisbar ese balcón custodiado por el maitén centenario, pero solo continúa nuestra vista hasta detenerse en el Piltriquitrón, sin ningún techo de tejuelas que interrumpa la visión.

miércoles, 1 de mayo de 2024

emilio y un café

 

Hola, soy Emilio, Emilio Donovan. Así, con apellido irlandés, pero soy argentino. Para más detalles, de Vicente López.

Soy profesor de Literatura Inglesa Comparada en un instituto privado de Olivos.

Mi relación de amor con Lidia se dio muy casual, premonitoria por sus alcances para mí.

A veces, como solterón asumido, voy a tomar algo a la Múnich de Olivos. Normalmente, por la tarde, cuando salgo del trabajo y antes de volver al departamento para sumergirme en la rutina de docente, corregir y planificar, bah!

Esa vez como tantas otras, tomaba un gin tonic distraído en la barra. Pero he aquí que alcanzo a ver dos mujeres bien vestidas, que conversaban muy animadamente, sentadas a una mesa no muy lejos de mí.

Reconocí a una de ellas, Amanda, ex compañera del Instituto, con la tuve una relación muy fugaz, tan solo una noche.

A la otra persona no, aunque su rostro me resultaba vagamente familiar. Conozco tantos docentes!

Algo naif, sorprendiéndome a mí mismo, actúo como un anticuado caballero y a través del mozo les envío otra ronda de lo que tomaban.

Al ver este convite, Amanda le pregunta al empleado a quién se debía esa atención. Éste me señala y explica la invitación.

Cuando ambas giran la cabeza, mi antigua conocida levanta la mano y me señala una silla junto a ellas.

Amanda me saluda y me presenta a su amiga, Lidia.

Ese rostro familiar, se hizo finalmente, conocido.

Esta atractiva mujer, profesora de Inglés, había sido compañera mía en Vicente López, muchos años atrás.

Físicamente muy diferente a como la recordaba. Realmente me cayó muy bien.

En ella había un aura de melancolía que me impulsó a entablar una conversación inmediata, mas no sea sobre literatura inglesa.

De inmediato sentí una conexión como, creo, no había tenido nunca a mis cuarenta y  pico.

Su rostro delicado, de facciones armónicas, me atrajo enseguida…

Sus ojos bien abiertos, orlados por unas pestañas negras largas, arqueadas, miraban directo. No había doblez en su mirada.

De a poco, conversando con ellas, me vi envuelto inadvertidamente en el perfume de Lidia. Su tenue aroma, sutil y cautivador.

Poca atención prestaba a la voz de Amanda, que parloteaba intrascendentemente para atraer mi atención.

Fue infructuoso su intento.

No podía dejar de escuchar la voz de Lidia, grave y aterciopelada, que me preguntaba, atenta, por los años pasados, sin habernos visto.

Paulatinamente nos sumergimos en una agradable tensión sensual.

Transcurriendo los minutos caí en la cuenta de la razón de su melancolía: su matrimonio era rutinario, decepcionante, con dos hijos adolescentes. Era palpable su desazón.

Amanda, trataba de desviar la atención, sin conseguirlo.

Quedamos con Lidia en vernos, pronto. Intercambiamos números de teléfono.

Cuando nos separamos y mi mano retuvo un poco más su mano, que la de Amanda, quedé con enormes ganas de volver a verla. Como no recordaba haber sentido algo así, nunca.

Ese cosquilleo de adolescente era preocupante. Era una sensación muy antigua, adormecida, que me inquietaba y distraía de mis tareas cotidianas.

Cuando más tarde hablamos para concretar una cita, me sorprendí a mí mismo con una actitud anhelante como un crio.

Nuestra primera cita fue en un discreto e íntimo bar, donde nuestra incipiente relación creció hasta dimensiones olvidadas por mí.

Mis proyectos personales pasaron a un lejano segundo plano, acaparados por mis deseos de volverla a ver, de escuchar su hermosa voz cercana a mí.

O que sus ojos, ventanas de su alma escondida, me sigan mirando como la única persona del mundo.

Delicadamente se fueron produciendo nuestros encuentros íntimos, frecuentes, apasionados y muy esperados.

Transcurrido un tiempo, su esposo notándola muy distante y su relación rota, le pidió el divorcio. La tristeza de Lidia fue evidente.

Momento que consideré oportuno para aspirar a ser más que un amante.

Ella no lo aceptó, por sus hijos.

Qué se yo…

Me sentí decepcionado, la verdad. Pero respeté su decisión.

Nuestros encuentros se fueron espaciando de a poco, y su carácter se tornó más decidido aún, como que necesitaba su espacio, encontrarse con ella misma otra vez.

Hasta que , lamentablemente, dejamos de vernos.

Hoy estimo que, en su vida fui un disparador, como un catalizador humano que necesitaba para poder crecer y lograr abrir esa flor, hermosa, que era su alma.

Lidia, una magnífica y extraordinaria mujer que rozó mi vida como un haz de luz incandescente, dejándome una huella imborrable.

refugio según guxor, a pedido

 Refugio


Querida Agus, cuando me regalaste ese mapa alemán, me sentí desorientado.

Quizás no lo sabías, o si?! Pero ese instrumento me ayuda a encontrar un refugio. Entre tanto marasmo intelectual, social, económico, psicológico, un mapa viene muy bien, excelentemente bien!

Sus referencias, sus caminos, sus cross roads. Todo ello me conduce a cualquier sitio elegible y seguro. Un refugio.

Refugio, qué me sugiere según tu pregunta.

Una palabra que encierra muchas acepciones, según lo veo, lo especulo.

En mi caso, refugio o “mi” refugio logran serlo mis hijos, mis proyectos de árboles, mis cuadernos de notas o cualquier pedazo de papel que encuentre para escribir.

De todas maneras es mi silencio cuando me siento en un tronco y miro lo que me rodea en el fondo de mi casa.

Siento que estoy seguro en medio del silencio roto por los pájaros o los perros jugando.

Ese sentimiento de seguridad se quiebra por la ansiedad, por circunstancias que arremeten a mis pensamientos.

Refugio es un cuaderno sencillo, roto y regalado por el Enano Cuadernos que me legó,(después de arrancar cientos de hojas útiles escritas por él y descartadas luego) o las agendas que me regala el Flaco de sus distintos trabajos.

Esos trozos de papel, refugios al fin y al cabo, son escalas en este andar viajando por cerros y valles de la vida.

Ellos son parte de esos árboles que veo crecer y llenarse  de hojas, la tinta como la tinta que los hace crecer fuertes, hermosos, útiles como perchas para que se apoyen y descansen los pájaros cansados.

O las palabras que vuelan en mi ansiosa mente y no las puedo enjaular.

Refugio son los ojos de los que amo. Mi compañera tiene el refugio ideal para mi alma acongojada y compleja. Es un refugio seguro como el aceite en un mar embravecido y crispado por el dolor. Tiene esa capacidad de refugiar mi pasión y devolver esa sensación de paz y quietud. El arqueo de sus hermosas cejas, ingenuas, reales, confirma convencido lo real, lo franco, lo leal.

En la mirada de mis hijos leo el refugio del dolor, la esperanza, las preguntas sin respuestas, los proyectos sin final.

En esos ojos descanso, me encanta cobijarme cuando estoy sin brújula. Ellos me orientan, me obligan a pensar, repensando, en la realidad cruda de su vida. 

De mi vida.

Otro Refugio es la música.

Como cuando estoy excitado por la buena vida o me siento extrañamente equilibrado, pleno y percibo que algo me falta, me cobijo en la música. Con ella me siento muy bien, me sana, reconforta, me trae recuerdos, los revive.

De la clásica, folclore, pop. Me une a mi familia, me arraiga, me hace viajar.

Me hace laburar las sinapsis, me inspira. Hace que baile solo en medio del terreno, o en la cocina con Mirtus.

Nos funde en un abrazo y a bailar!

Siempre es gratificante cobijarte, refugiarte en la música.

Refugio es el término para referirme al puerto más cercano, más seguro, más firme. Y desde allí ayudar y sostener a los que me rodean.


lunes, 29 de abril de 2024

Como vi la luz

 -Marta, por qué no hacés unos fideos? hoy es domingo- pidió el Turco Agustín Elías, compadre de Rubén, mi viejo.
-Te parece Tate? Cuántos somos?
-Y…Chola, Rubén, Pepe, Alberto, vos y yo. Seis.
-Bueno, dale. Ya me pongo.
Tate confiado en su mujer, Marta, dejó en sus manos la cocina, mientras tanto preparaba la picada previa al almuerzo.
Después vendría el partido de truco, infaltable rito de mi viejo y sus amigos.
Chola, embarazada de mí, venía de tener algunas hemorragias y dolores, por ello ocupaba la cama matrimonial de los anfitriones, los Elías. Ellos tenían su casa en Mataderos, Capital Federal, muy cerca de Ramos Mejía donde estaba la clínica Visón, elegida para el parto.
Hasta las novedades del parto, los amigos/hermanos, se concentraron en el partido de naipes, después del almuerzo en la mesa del comedor.
Ese día domingo de marzo, se presentaba lluvioso, ideal para despuntar el vicio.
Mientras ellos jugaban al truco, Marta repartió aromático y espeso café a la turca, acompañado por vasitos de anís estrellado. La tradición medioriental se imponía en esa casa.
Enfrascados en el juego no escuchaban los gemidos de Chola, hasta que los gemidos pasaron a los ayes de dolor.
-Tate, aflojen por favor, ya viene!-apuraba Martita.
-Ya va mujer!, estamos terminando el bueno-contestó Agustín.
-Rubén, vas a terminar de jugar?-gritó mi vieja- No doy más!
Ruben asintió algo asustado por el tono y  así fue que levantaron las cartas para preparar la ambulancia.
El vehículo asistencial era un camioncito Ford T del año ´29 con la caja playa, que utilizaba Tate para repartir las bolsas de trigo burgol en la comunidad musulmana de Mataderos.
Y allí fueron: el Turco Tate manejando, Chola en el medio sosteniendo su panzota (dónde me sacudía), y el Colorado Rubén en la ventanilla. Alberto y Pepe, acomodados en sendos cajoncitos de sifones de soda.
El viaje de ese vehículo sobre los adoquines, fue odiséico para la parturienta. El camioncito traqueteaba como un carro verdulero con caballos.
Entre los ayes y los gritos de la pobre mujer, llegó el variopinto grupo a la clínica, bajando a Chola donde la internaron rápido. 
Justo a las 16 dicen que nací. Feo, largo y con la cabeza alargada. Una preciosura.
Heme así, que vi la luz.