miércoles, 1 de mayo de 2024

emilio y un café

 

Hola, soy Emilio, Emilio Donovan. Así, con apellido irlandés, pero soy argentino. Para más detalles, de Vicente López.

Soy profesor de Literatura Inglesa Comparada en un instituto privado de Olivos.

Mi relación de amor con Lidia se dio muy casual, premonitoria por sus alcances para mí.

A veces, como solterón asumido, voy a tomar algo a la Múnich de Olivos. Normalmente, por la tarde, cuando salgo del trabajo y antes de volver al departamento para sumergirme en la rutina de docente, corregir y planificar, bah!

Esa vez como tantas otras, tomaba un gin tonic distraído en la barra. Pero he aquí que alcanzo a ver dos mujeres bien vestidas, que conversaban muy animadamente, sentadas a una mesa no muy lejos de mí.

Reconocí a una de ellas, Amanda, ex compañera del Instituto, con la tuve una relación muy fugaz, tan solo una noche.

A la otra persona no, aunque su rostro me resultaba vagamente familiar. Conozco tantos docentes!

Algo naif, sorprendiéndome a mí mismo, actúo como un anticuado caballero y a través del mozo les envío otra ronda de lo que tomaban.

Al ver este convite, Amanda le pregunta al empleado a quién se debía esa atención. Éste me señala y explica la invitación.

Cuando ambas giran la cabeza, mi antigua conocida levanta la mano y me señala una silla junto a ellas.

Amanda me saluda y me presenta a su amiga, Lidia.

Ese rostro familiar, se hizo finalmente, conocido.

Esta atractiva mujer, profesora de Inglés, había sido compañera mía en Vicente López, muchos años atrás.

Físicamente muy diferente a como la recordaba. Realmente me cayó muy bien.

En ella había un aura de melancolía que me impulsó a entablar una conversación inmediata, mas no sea sobre literatura inglesa.

De inmediato sentí una conexión como, creo, no había tenido nunca a mis cuarenta y  pico.

Su rostro delicado, de facciones armónicas, me atrajo enseguida…

Sus ojos bien abiertos, orlados por unas pestañas negras largas, arqueadas, miraban directo. No había doblez en su mirada.

De a poco, conversando con ellas, me vi envuelto inadvertidamente en el perfume de Lidia. Su tenue aroma, sutil y cautivador.

Poca atención prestaba a la voz de Amanda, que parloteaba intrascendentemente para atraer mi atención.

Fue infructuoso su intento.

No podía dejar de escuchar la voz de Lidia, grave y aterciopelada, que me preguntaba, atenta, por los años pasados, sin habernos visto.

Paulatinamente nos sumergimos en una agradable tensión sensual.

Transcurriendo los minutos caí en la cuenta de la razón de su melancolía: su matrimonio era rutinario, decepcionante, con dos hijos adolescentes. Era palpable su desazón.

Amanda, trataba de desviar la atención, sin conseguirlo.

Quedamos con Lidia en vernos, pronto. Intercambiamos números de teléfono.

Cuando nos separamos y mi mano retuvo un poco más su mano, que la de Amanda, quedé con enormes ganas de volver a verla. Como no recordaba haber sentido algo así, nunca.

Ese cosquilleo de adolescente era preocupante. Era una sensación muy antigua, adormecida, que me inquietaba y distraía de mis tareas cotidianas.

Cuando más tarde hablamos para concretar una cita, me sorprendí a mí mismo con una actitud anhelante como un crio.

Nuestra primera cita fue en un discreto e íntimo bar, donde nuestra incipiente relación creció hasta dimensiones olvidadas por mí.

Mis proyectos personales pasaron a un lejano segundo plano, acaparados por mis deseos de volverla a ver, de escuchar su hermosa voz cercana a mí.

O que sus ojos, ventanas de su alma escondida, me sigan mirando como la única persona del mundo.

Delicadamente se fueron produciendo nuestros encuentros íntimos, frecuentes, apasionados y muy esperados.

Transcurrido un tiempo, su esposo notándola muy distante y su relación rota, le pidió el divorcio. La tristeza de Lidia fue evidente.

Momento que consideré oportuno para aspirar a ser más que un amante.

Ella no lo aceptó, por sus hijos.

Qué se yo…

Me sentí decepcionado, la verdad. Pero respeté su decisión.

Nuestros encuentros se fueron espaciando de a poco, y su carácter se tornó más decidido aún, como que necesitaba su espacio, encontrarse con ella misma otra vez.

Hasta que , lamentablemente, dejamos de vernos.

Hoy estimo que, en su vida fui un disparador, como un catalizador humano que necesitaba para poder crecer y lograr abrir esa flor, hermosa, que era su alma.

Lidia, una magnífica y extraordinaria mujer que rozó mi vida como un haz de luz incandescente, dejándome una huella imborrable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario