Hola, soy Emilio, Emilio Donovan. Así, con apellido
irlandés, pero soy argentino. Para más detalles, de Vicente López.
Soy profesor de Literatura Inglesa Comparada en un
instituto privado de Olivos.
Mi relación de amor con Lidia se dio muy casual, premonitoria
por sus alcances para mí.
A veces, como solterón asumido, voy a tomar algo a la Múnich
de Olivos. Normalmente, por la tarde, cuando salgo del trabajo y antes de
volver al departamento para sumergirme en la rutina de docente, corregir y
planificar, bah!
Esa vez como tantas otras, tomaba un gin tonic distraído
en la barra. Pero he aquí que alcanzo a ver dos mujeres bien vestidas, que
conversaban muy animadamente, sentadas a una mesa no muy lejos de mí.
Reconocí a una de ellas, Amanda, ex compañera del
Instituto, con la tuve una relación muy fugaz, tan solo una noche.
A la otra persona no, aunque su rostro me resultaba
vagamente familiar. Conozco tantos docentes!
Algo naif, sorprendiéndome a mí mismo, actúo como un
anticuado caballero y a través del mozo les envío otra ronda de lo que tomaban.
Al ver este convite, Amanda le pregunta al empleado a
quién se debía esa atención. Éste me señala y explica la invitación.
Cuando ambas giran la cabeza, mi antigua conocida
levanta la mano y me señala una silla junto a ellas.
Amanda me saluda y me presenta a su amiga, Lidia.
Ese rostro familiar, se hizo finalmente, conocido.
Esta atractiva mujer, profesora de Inglés, había sido
compañera mía en Vicente López, muchos años atrás.
Físicamente muy diferente a como la recordaba. Realmente
me cayó muy bien.
En ella había un aura de melancolía que me impulsó a entablar
una conversación inmediata, mas no sea sobre literatura inglesa.
De inmediato sentí una conexión como, creo, no había
tenido nunca a mis cuarenta y pico.
Su rostro delicado, de facciones armónicas, me atrajo
enseguida…
Sus ojos bien abiertos, orlados por unas pestañas negras
largas, arqueadas, miraban directo. No había doblez en su mirada.
De a poco, conversando con ellas, me vi envuelto
inadvertidamente en el perfume de Lidia. Su tenue aroma, sutil y cautivador.
Poca atención prestaba a la voz de Amanda, que
parloteaba intrascendentemente para atraer mi atención.
Fue infructuoso su intento.
No podía dejar de escuchar la voz de Lidia, grave y
aterciopelada, que me preguntaba, atenta, por los años pasados, sin habernos
visto.
Paulatinamente nos sumergimos en una agradable tensión
sensual.
Transcurriendo los minutos caí en la cuenta de la razón
de su melancolía: su matrimonio era rutinario, decepcionante, con dos hijos
adolescentes. Era palpable su desazón.
Amanda, trataba de desviar la atención, sin conseguirlo.
Quedamos con Lidia en vernos, pronto. Intercambiamos
números de teléfono.
Cuando nos separamos y mi mano retuvo un poco más su
mano, que la de Amanda, quedé con enormes ganas de volver a verla. Como no
recordaba haber sentido algo así, nunca.
Ese cosquilleo de adolescente era preocupante. Era una
sensación muy antigua, adormecida, que me inquietaba y distraía de mis tareas
cotidianas.
Cuando más tarde hablamos para concretar una cita, me
sorprendí a mí mismo con una actitud anhelante como un crio.
Nuestra primera cita fue en un discreto e íntimo bar, donde
nuestra incipiente relación creció hasta dimensiones olvidadas por mí.
Mis proyectos personales pasaron a un lejano segundo
plano, acaparados por mis deseos de volverla a ver, de escuchar su hermosa voz
cercana a mí.
O que sus ojos, ventanas de su alma escondida, me sigan
mirando como la única persona del mundo.
Delicadamente se fueron produciendo nuestros encuentros
íntimos, frecuentes, apasionados y muy esperados.
Transcurrido un tiempo, su esposo notándola muy distante
y su relación rota, le pidió el divorcio. La tristeza de Lidia fue evidente.
Momento que consideré oportuno para aspirar a ser más
que un amante.
Ella no lo aceptó, por sus hijos.
Qué se yo…
Me sentí decepcionado, la verdad. Pero respeté su
decisión.
Nuestros encuentros se fueron espaciando de a poco, y su
carácter se tornó más decidido aún, como que necesitaba su espacio, encontrarse
con ella misma otra vez.
Hasta que , lamentablemente, dejamos de vernos.
Hoy estimo que, en su vida fui un disparador, como un catalizador
humano que necesitaba para poder crecer y lograr abrir esa flor, hermosa, que
era su alma.
Lidia, una magnífica y extraordinaria mujer que rozó mi
vida como un haz de luz incandescente, dejándome una huella imborrable.
No hay comentarios:
Publicar un comentario