Quintupuray
Cuando nos vinimos al
sur, mi esposa Mirta arribó sola tres meses antes, aceptando un cargo de
docente de maestras en Epuyén.
Habiéndose jubilado,
estudiaba psicología en la UBA, carrera que abandonó y había deseado estudiar
de muy joven.
Ella me preguntó:
- Vos querías vivir en
el sur, no? bueno, vamos.
Después de recorrer con
mi primogénito, habitante de la comarca, muchas viviendas para alquilar, en el
único lugar donde nos aceptaban con nuestro amado perro Yenú, fue en una chacra
en Villa Turismo.
Nos instalamos mudando
algo de la antigua casa en Moreno, Bs. As., quedándose dos hijos nuestros en
ella.
Nuestro nuevo hogar
estaba en el anteúltimo callejón, previo al Cerro Piltriquitrón. Muuuy arriba.
Dentro de descuidadas,
salvajes, dos hectáreas, estaba la casona compartiendo el espacio con dos
pequeñas cabañitas.
Se trataba de una
antigua alpina de tres pisos con un enorme techo de tejuelas de alerce
alquitranado, soportado por cabios descartados de algún antiguo lupular.
El piso inferior era
de buena pinotea, de amplios espacios con la pequeña cocina y un generoso
estar.
Un pequeño baño junto
al comienzo de la escalera de madera muy angosta (que aseguré en su momento con
una baranda) servía de toilette.
Subiendo se
encontraban tres dormitorios con un amplio balcón y otro baño más generoso en
dimensiones.
En la parte superior,
la bohardilla
Todo enmarcado con una
antigua y hermosa boiserie de machimbre de radal.
Contaba además con una amplia estufa de piedra, con
su chimenea; la cual no utilizamos nunca debido a una advertencia que nos
habían hecho acerca del uso habitual de leña de pino, que posiblemente hubiese
dejado restos de resina adherida en el tiraje que provocaría un evitable incendio.
Habiendo sido
construida sobre un enorme mallín, corrían a sus costados sangrías de agua, excavadas
a tal fin.
Fue en ese lugar que
conocí el verdadero motivo de mi destino en el Sur Argentino.
La vegetación
exuberante reunía las flores más hermosas que jamás hubiera imaginado.
Los ubérrimos árboles pródigos en frutos y foliación, me dejaban sin
aliento, superando con creces todas nuestras expectativas botánicas.
Decididamente fueron
los cuatro años más bucólicos que vivimos.
En esos cuatro años
recibimos muchísimas visitantes, testigos asombrados de nuestra nueva vida.
Algunos reiteraban sus
viajes hacia nuestro hogar desde lugares remotos, maravillados como nosotros
del entorno natural.
Llegamos a tener en
nuestro hogar un campeonato nocturno de truco con ¡dieciséis personas!
Con el tiempo nos
enteramos que en esa casa, antiguamente se habían desarrollado algunas de las
más extensas, ruidosas y alocadas fiestas de la Comarca.
No nos importaba,
éramos duramente felices.
No faltaban nevadas
copiosas, densísimas brumas y calores agobiantes.
Vivir alejado de la
ciudad, tenía sus contraindicaciones.
Disfrutamos cosechando
manzanas, membrillos, frutillas, cerezas, guindas que crecían abundantes.
Hicimos una enorme
quinta y un invernáculo (mi primer invernáculo!) generoso y gratificante, que
soportó copiosas nevadas. Todo con nuestras propias manos.
Un desafío enorme para
nosotros, habitantes del conurbano bonaerense.
La soledad fué nuestra
maestra. Nunca habíamos vivido en un entorno tan ásperamente hermoso.
Aprendimos a valernos
por nosotros mismos, como si fuera una larga luna de miel.
Tuvimos que tomar la
decisión de vender nuestra casa en Moreno, ya que nuestros hijos tomarían
nuevos rumbos, y construir en otro ambiente diferente y mucho más despojado.
Al instalarnos en el
nuevo hogar, empezamos a sentir mucha nostalgia de esa gigante casa, tan
acogedoramente buena anfitriona.
Muchos de nuestros
antiguos visitantes, asiduos contertulios, dejaron de alojarse en el nuevo
hogar.
Sería por lo llano?
Quizás por lo pequeño?
Extrañando ese
atrayente espacio, nos dedicamos otra vez a comenzar de cero el nuevo nido.
A los dos años de estar viviendo en ese otro lugar,
supimos que esa casona querible había sufrido un incendio que la consumió hasta
los cimientos. Muy posiblemente usando esa estufa que evitamos encender.
Cada tanto subimos por
ese callejón para tratar de atisbar ese balcón custodiado por el maitén
centenario, pero solo continúa nuestra vista hasta detenerse en el Piltriquitrón,
sin ningún techo de tejuelas que interrumpa la visión.
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