lunes, 20 de mayo de 2024

Quintupuray

 

Quintupuray

Cuando nos vinimos al sur, mi esposa Mirta arribó sola tres meses antes, aceptando un cargo de docente de maestras en Epuyén.

Habiéndose jubilado, estudiaba psicología en la UBA, carrera que abandonó y había deseado estudiar de muy joven.

Ella me preguntó:

- Vos querías vivir en el sur, no? bueno, vamos.

Después de recorrer con mi primogénito, habitante de la comarca, muchas viviendas para alquilar, en el único lugar donde nos aceptaban con nuestro amado perro Yenú, fue en una chacra en Villa Turismo.

Nos instalamos mudando algo de la antigua casa en Moreno, Bs. As., quedándose dos hijos nuestros en ella.

Nuestro nuevo hogar estaba en el anteúltimo callejón, previo al Cerro Piltriquitrón. Muuuy arriba.

Dentro de descuidadas, salvajes, dos hectáreas, estaba la casona compartiendo el espacio con dos pequeñas cabañitas.

Se trataba de una antigua alpina de tres pisos con un enorme techo de tejuelas de alerce alquitranado, soportado por cabios descartados de algún antiguo lupular.

El piso inferior era de buena pinotea, de amplios espacios con la pequeña cocina y un generoso estar.

Un pequeño baño junto al comienzo de la escalera de madera muy angosta (que aseguré en su momento con una baranda) servía de toilette.

Subiendo se encontraban tres dormitorios con un amplio balcón y otro baño más generoso en dimensiones.

En la parte superior, la bohardilla

Todo enmarcado con una antigua y hermosa boiserie de machimbre de radal.

Contaba además con una amplia estufa de piedra, con su chimenea; la cual no utilizamos nunca debido a una advertencia que nos habían hecho acerca del uso habitual de leña de pino, que posiblemente hubiese dejado restos de resina adherida en el tiraje que provocaría un evitable incendio.

Habiendo sido construida sobre un enorme mallín, corrían a sus costados sangrías de agua, excavadas a tal fin.

Fue en ese lugar que conocí el verdadero motivo de mi destino en el Sur Argentino.

La vegetación exuberante reunía las flores más hermosas que jamás hubiera imaginado.

Los ubérrimos árboles  pródigos en frutos y foliación, me dejaban sin aliento, superando con creces todas nuestras expectativas botánicas.

Decididamente fueron los cuatro años más bucólicos que vivimos.

En esos cuatro años recibimos muchísimas visitantes, testigos asombrados de nuestra nueva vida.

Algunos reiteraban sus viajes hacia nuestro hogar desde lugares remotos, maravillados como nosotros del entorno natural.

Llegamos a tener en nuestro hogar un campeonato nocturno de truco con ¡dieciséis personas!

Con el tiempo nos enteramos que en esa casa, antiguamente se habían desarrollado algunas de las más extensas, ruidosas y alocadas fiestas de la Comarca.

No nos importaba, éramos duramente felices.

No faltaban nevadas copiosas, densísimas brumas y calores agobiantes.

Vivir alejado de la ciudad, tenía sus contraindicaciones.

Disfrutamos cosechando manzanas, membrillos, frutillas, cerezas, guindas que crecían abundantes.

Hicimos una enorme quinta y un invernáculo (mi primer invernáculo!) generoso y gratificante, que soportó copiosas nevadas. Todo con nuestras propias manos.

Un desafío enorme para nosotros, habitantes del conurbano bonaerense.

La soledad fué nuestra maestra. Nunca habíamos vivido en un entorno tan ásperamente hermoso.

Aprendimos a valernos por nosotros mismos, como si fuera una larga luna de miel.

Tuvimos que tomar la decisión de vender nuestra casa en Moreno, ya que nuestros hijos tomarían nuevos rumbos, y construir en otro ambiente diferente y mucho más despojado.

Al instalarnos en el nuevo hogar, empezamos a sentir mucha nostalgia de esa gigante casa, tan acogedoramente buena anfitriona.

Muchos de nuestros antiguos visitantes, asiduos contertulios, dejaron de alojarse en el nuevo hogar.

Sería por lo llano? Quizás por lo pequeño?

Extrañando ese atrayente espacio, nos dedicamos otra vez a comenzar de cero el nuevo nido.

A los dos años de estar viviendo en ese otro lugar, supimos que esa casona querible había sufrido un incendio que la consumió hasta los cimientos. Muy posiblemente usando esa estufa que evitamos encender.

Cada tanto subimos por ese callejón para tratar de atisbar ese balcón custodiado por el maitén centenario, pero solo continúa nuestra vista hasta detenerse en el Piltriquitrón, sin ningún techo de tejuelas que interrumpa la visión.

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