El sentido del oído:
Lo puse en práctica, definitiva y conscientemente, cuando empecé a escuchar música en el Wincofon que trajo mi viejo para una Navidad en los ’60.
También escuchando los golpes de las palas de papá y el
abuelo Antonio, arrimando tierra del jardín contra las inútiles tablas apoyadas
como sendos diques, en la puerta de entrada; tratando infructuosamente de
impedir la entrada de agua, de la sempiterna inundación, en la casa. Como fondo
de esa dramática ópera gaucha, los sapos y ranas daban su concierto ubicuo.
Cómo no acordarme maravillado del abuelo tocando, ora la
guitarra, ora la bandurria, ora la batería. Cuando no, me iniciaba en los
sonidos de pequeños instrumentos de madera o metal, que imitaban a los pájaros
o la lluvia, o cencerros y triángulos.
El chirrido acompasado de la cigarra de verano, que saliendo
de su hueco en el suelo cambiaba su vestido y llamaba a su amor posada en las
acacias de Constantinopla, en la vereda de Alcorta 11. Ensordecedora a la
siesta.
Todo ello enmarcado por el sonido del tren que pasaba,
eléctrico o diesel, por las vías de enfrente. Monótona cadencia, que al no
escucharla periódicamente, sospechábamos una tragedia.
Asimismo, estos oídos recuerdan el golpe rotundo y firme de
los talones desnudos de papá enojado, presto a un chirlo por no dormir la
siesta. Sonido de mierda.
Me parece oir aún el golpeteo rápido de la Singer de mamá
cosiendo la ropa de mis hermanas. O la hermosa voz de la abu Maruja entonando
alguna canción de su terruño gallego, mientras frota la ropa en la tabla de
madera de su lavadero, y atraviesa la persiana de madera de la habitación.
Lo mejor se inició cuando papá empezó a comprar las
colecciones de discos de Reader’s Digest, con cajas de vinilos de tangos,
clásicos ligeros y jazz. Toda una etapa de mi adolescencia ya conflictuada,
operando en mí de manera muy especial. Me abstraía escuchando esa música,
sentado sobre la alfombra del living.
Son recuerdos muy selectivos, nunca más pude desprenderme de
la música, ni siquiera en la colimba. Allí nos ponían a Julio Iglesias o Diana
Ross por los altoparlantes a todo volumen, durante todo el día. A la distancia
sospecho que era para que no escucháramos los gritos de los secuestrados en el
Casino de Suboficiales del Batallón de Infantería de Marina N°3 Almirante
Eleazar Videla.
Cómo no recordar el gritito de mis niños cuando nacieron y
presenciaba el parto. Los veía salir de las entrañas de mi amor, sucios de la
placenta, parpadeando extasiados por la luz impetuosa que los inundaba.
Estoy escuchando un minueto (de la Polonesa de Chopin), y
recuerdo cuando presenciábamos las obras en las que participaba Gonzalo, y nos
convenció para que formáramos parte de un enorme y talentosísimo coro
polifónico. Allí aprendí a escuchar mejor. Cómo habría de describir todo lo que
siento cuando escucho a Bach y el oboe d’amore; cómo alguien puede escribir una
música que nos transporta a otro lugar.
Ahora más aquí en el tiempo, mi sentido se hizo más sutil en
su apreciación.
Me abrumaba los ruidos de las grandes urbes, cacofonías de
los ambientes tan poblados. El voceo de los vendedores ambulantes en el tren,
el traqueteo de los vagones, el bocinazo de los colectivos o taxis. La música
estruendosa saliendo de los locales.
Ahora todo trastocado estentóreamente por el silencio
atronador de las montañas.
Cambio devengado, protagonizado en estos tiempos por los
pájaros que nos visitan, teros, bandurrias, diucas, come sebos, chingolos,
gorriones, cachañas, chimangos, colibríes. Una respetable metamorfosis del
ambiente, un respiro, después de tanto stress auditivo. Gratifica sus sonidos
intercambiando información de humedad, viento, semillas, amores, compañía, sol.
Comparten su espacio con nosotros, nos admiten con beneplácito disimulado en
aleteos y cabeceos afirmantes.
Esos leves sonidos, claros y distintivos me impelen a
escribir.
Menos mal, podría abstraerme y olvidarme de llevarlo a cabo.
Debo reconocer y aceptar que otro de los sonidos que
registran estos cansados oídos, son las palabras de mi amada susurrándome “te
amo”.
Sonido que me mueve y electriza.

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