Para lograr masificar el producto me dieron un
auto, bah! Un Jeep. 0 km, con todos los gastos pagos.
Tenía que cubrir una zona enorme del conurbano.
Para nosotros, fue una revelación, un portento. Imagínense,
no había mucha gente que tuviera un auto. Los chicos: Daniel, Néstor y la
recién nacida Marisita iban atrás en un asiento pequeño. Chola, mi mujer iba de
copiloto-cebadora de mates, además de café con leche en polvo para los
pequeños.
Todo sin parar. Así conocimos Córdoba (no me olvido
del ruido del caño de escape roto en los cañadones de Calamuchita). Fuimos a
Magdalena, donde asistimos al espectáculo de un hotel derruido por los
cangrejales. En ese hotel había tocado mi suegro con la orquesta. Parecía
mentira.
Llevamos algunos de esos bichos a Moreno, donde
vivíamos, pero cuando llegamos nos tocó una de esas inundaciones y los
perdimos. Nuestra casa estaba a cien metros de la antigua ruta 7, sobre tierra,
y cuando llovía mucho era muy fácil entrar con el Jeep. Después lo lavaba y
dejaba impecable.
A Mar del Plata llevamos con nosotros a la querida
Maruja, mi suegra, como cuidadora de los chicos. Un fenómeno esa mujer, hasta
al cine los llevó! Así podíamos ir al casino con Cholita. Esa vez fuimos a
Sierra de los Padres, donde monté a caballo y lo llevé a Daniel para que viera
el espectáculo de las Sierras. Nos encontramos con una familia amiga, los
Ravenna. Cómo los iba a dejar allá arriba! Así que volvimos al centro ¡trece
personas en ese vehículo!
Fue tan emblemáticamente importante ese automóvil,
que mis cuatro hijos y tres de mis nietos tuvieron sendos Jeeps. Con los que
viajaron más lejos aún.
Esa es la muy sentida y sintética visión del auto de la familia.
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